Ayer conocí a Edgard. Pero rebobinemos (¿rebobinar?, una palabra que va a dejar de existir en dos minutos). No me gusta mi pelo. No hay forma de que quede bien porque crece a velocidad y en cantidad inverosímiles. Así que hace una década decidí que no me iba a esforzar más. El otro día Euge me dijo que el sábado iba a ir a Edgard. Ayer la pasé a buscar y nos tomamos el 124 para ir al departamento en villa del parque. Tocamos el timbre y una chica bajó a abrirnos. ¿Hay mucha gente arriba?, preguntó Euge. Más o menos, cuatro, cinco personas.
Edgard es profesor de física pero cada sábado se convierte en peluquero. Desde la mañana hasta la noche, unas cuarenta personas van hasta su departamento para cortarse el pelo. Edgard no cobra un peso por su arte. Simplemente, le gusta cortar el pelo. Entonces, cada sábado abre las puertas de su casa y su comedor se llena de gente (la mayoría chicas) y de comida (mucha galletita).
Saludamos a Edgard que tenía tijeras y peine en las manos y nos sentamos a la mesa, aportamos la gaseosa y el humus que había preparado para la ocasión y ahí nomás todo fue como si uno se sentara a merendar con amigos. La conversación fluyó por la danza, el kung fu, anécdotas y muchas boludeces y risas. Edgard también participaba mientras hacía pasar una cabellera tras otra. Contó su teoría de la movilidad social en la pareja. Cuando uno está de novio, es lo más importante para el otro; cuando pasás a convivir, tu importancia se equilibra con el resto de las otras personas importantes; cuando te casás, alguien más pasa a ser el/la más importante (madre, padre, amiga); cuando tenés un hijo, bajás otro escalón más (primero la madre, después el hijo, después vos) y cuando el hijo tiene un perro quedás en el último nivel (primero madre, después hijo, después perro y recién ahí te toca a vos).
Todos felicies con sus cortes nuevos. Varias rondas de mate y taper vacío de humus. Dos horas más tarde fue el turno de Euge y su corte leonino y después el mío. ¿Y cómo lo querés? No sé, te dejo decidir a vos. Y se puso a trabajar. Creo que nunca vi a un peluquero cortar con tanta delicadeza. Ningún mechón que cortaba tenía más de dos centímetros. Me quedó más o menos bien (nunca me va a gustar mi pelo). A los otros presentes, cinco personas esperaban su turno, también les pareció copado (copado, otra palabra que ya no existe) mi corte. Charlamos un poco más, tomamos otro mate y juntamos nuestras cosas. Eran las nueve y media y todavía había gente esperando. Saludamos y agradecimos a Edgard. Una chica que hacía rato se había cortado el pelo pero que se había quedado a charlar se fue con nosotros.
Esperamos el mismo bondi mientras conversábamos. Viajamos en el 124 todavía charlando y riéndonos. Bajamos en Caballito y la chica siguió. ¿Viste que se parecía a Andrea?, dijo Euge. Nunca le preguntamos el nombre.
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Sunday, February 01, 2009
Tuesday, April 08, 2008
Fui a la peluquería con la firme resolución de salir con un buen corte de pelo. Tengo mucho pelo, fuerte y bastante lacio. No entiendo por qué les resulta tan difícil hacer un buen corte. En fin. Esta vez decidí que la mejor estrategía era no dar indicaciones. Ni una. Ya que cuando doy una instrucción, no funciona, tal vez lo radicalmente opuesto era lo mejor que podía hacer.
-¿Cómo lo querés?
-No sé.
-...
-...
-¿Cómo no sabés?
-...
-¿Pero tenés alguna idea?
-No, ninguna.
-¿Nada?
-...
-...
-Bueno, no me gusta usar gel ni ninguna de esas cosas.
-...
-...
-Pero te lo corto, ¿no?
-Sí, vos dale.
-¿Cómo lo querés?
-No sé.
-...
-...
-¿Cómo no sabés?
-...
-¿Pero tenés alguna idea?
-No, ninguna.
-¿Nada?
-...
-...
-Bueno, no me gusta usar gel ni ninguna de esas cosas.
-...
-...
-Pero te lo corto, ¿no?
-Sí, vos dale.
Claro que tampoco funcionó.
Tuesday, October 23, 2007
Odio ir a la peluquería. Es una incomodidad que sufro desde chico. Tal vez porque mi viejo hacía que me raparan en la nuca: el ruido penetratne de la máquina, y el raspón frío de la navaja. Después, cuando empecé a ir solo era peor aún porque ya era conciente de que nunca me quedaba bien. Aún hoy, no entiendo cómo es que los peluqueros se las arreglan para cortarme siempre pal orto. Tengo el pelo abundante y bastante lacio, creo que es buena materia prima para que les salga algo no demasiado choto. Pero no, se esfuerzan y así me queda. Esta vez estuve como tres o cuatro meses sin cortarme el pelo, tanto que empecé a usar vincha. Pero también me arte de eso. Hoy pensé en raparme del todo, cada vez que me veo obligado a ir a la peluquería, considero agarrar la máquina y pelarme. Lo malo es que quedaría como un monje. En fin, por lo menos, ahora faltan otros dos meses para que tenga que volver.
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