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Wednesday, November 25, 2009
Estos días me encontré con algo que no sabía, en nuestro queridísimo país la fachitud es un eje que recorre todas las clases sociales, credos e ideologías. Chetos, ricos, pobres, judíos, ateos, católicos, progres, zurdos, fachos, gays, hetero, homo, bi y multisexuales. Ningún grupo puede declarar potestá. Pareciera ser nuestra identidá patriótica, casi tanto como el peronismo.
Tuesday, November 24, 2009
El clamor popular me exige que vuelva a la senda del Blog. Y no puedo desoír tanto griterío. De modo que aquí estamos otra vez. Con las mismas boludeces de siempre.
Toda esta semana estuve charlando acerca de nuestra educación, de cómo en la escuela, en el colegio y en la facultad (para aquellos que llegaron hasta esa instancia) no nos enseñan lo realmente importante. Todo lo contrario, diría. Utilizan el método de señalar los errores, de castigar las equivocaciones, que no es otra cosa que arrear a las vacas por la senda ya trazada.
Euge me contaba que en un grupo taller de arte donde hay nenes de preescolar y primer grado uno puedo saber al toque quién ya está transitando la primaria. Los nenes de jardín juegan, participan, proponen, inventan; los de primer grado se quedan callados esperando que les digan cada cosa que tienen que hacer. En un año ya aprendieron que equivocarse está mal.
Pero mierda. Equivocarse está bien. Enseñen a equivocarse, a buscar caminos, a probar y volver a intentarlo. No enseñen a tener miedo, hijoputas.
También hablamos de las faltas de ortografía. Ahora explico cómo está relacionado. Pasa que las faltas de ortografía se originan en una falla ortográfica, en un sistema que perdió algo de su lógica. Tal vez la tuvo cuando las letras se correspondían con los sonidos pero en el castellano rioplatense, sepaló usté, señor RAE, no tiene sentido tener “c”, “s” y “z”. Salvo, quizá, por una cuestión etimológica.
No tengo nada contra la ortografía. Mi problema comienza cuando las personas juzgan a otras personas por sus supuestas faltas ortográficas. Si partimos del punto en que la ortografía no tiene correlación con el habla, ¿cómo es posible juzgar a alguien por ella? Y ahí está la cuestión. Tengo la sensación de que la ortografía, como otros mecanismos de enseñanza, no son otra cosa que un ejercicio de poder. El poder de decir yo sé esto y vos no, de señalar “te equivocaste”.
Intenenlón, equivoquensén.
Toda esta semana estuve charlando acerca de nuestra educación, de cómo en la escuela, en el colegio y en la facultad (para aquellos que llegaron hasta esa instancia) no nos enseñan lo realmente importante. Todo lo contrario, diría. Utilizan el método de señalar los errores, de castigar las equivocaciones, que no es otra cosa que arrear a las vacas por la senda ya trazada.
Euge me contaba que en un grupo taller de arte donde hay nenes de preescolar y primer grado uno puedo saber al toque quién ya está transitando la primaria. Los nenes de jardín juegan, participan, proponen, inventan; los de primer grado se quedan callados esperando que les digan cada cosa que tienen que hacer. En un año ya aprendieron que equivocarse está mal.
Pero mierda. Equivocarse está bien. Enseñen a equivocarse, a buscar caminos, a probar y volver a intentarlo. No enseñen a tener miedo, hijoputas.
También hablamos de las faltas de ortografía. Ahora explico cómo está relacionado. Pasa que las faltas de ortografía se originan en una falla ortográfica, en un sistema que perdió algo de su lógica. Tal vez la tuvo cuando las letras se correspondían con los sonidos pero en el castellano rioplatense, sepaló usté, señor RAE, no tiene sentido tener “c”, “s” y “z”. Salvo, quizá, por una cuestión etimológica.
No tengo nada contra la ortografía. Mi problema comienza cuando las personas juzgan a otras personas por sus supuestas faltas ortográficas. Si partimos del punto en que la ortografía no tiene correlación con el habla, ¿cómo es posible juzgar a alguien por ella? Y ahí está la cuestión. Tengo la sensación de que la ortografía, como otros mecanismos de enseñanza, no son otra cosa que un ejercicio de poder. El poder de decir yo sé esto y vos no, de señalar “te equivocaste”.
Intenenlón, equivoquensén.
Wednesday, November 04, 2009
Acabo de entender algo. Recién hablábamos de Herzog y su Fitzcarraldo y descubrí por qué me gusta tanto el tipo y esa película en particular: Fitzcarraldo, el protagonista de la peli, quiere hacer que un barco cruce una montaña, ése es su sueño y quiere hacerlo realidad; Herzog, cuando filma esta película, quiere hacer que fitzcarraldo logre hacer curzar un barco sobre una montaña: hace de la realidad un sueño.
Tal vez, esa es la verdadera búsqueda.
Thursday, October 29, 2009
¿Les pasó alguna vez que van caminando tranquilos por la vida y de pronto se cruzan con una señal clara? Una señal irrefutable, que se te planta en la jeta. Te embadurna de una sensación de alto, atención, mirá esto. Y vos te frenás, mirás y prestás atención. Te sorprendés. Decís, uy qué raro. Pero esto tal vez quiere decir algo. Y ahí te llega la certeza: Esto me está diciendo algo. Claro que no tenés la menor idea de qué está diciendo. Y por lo general no es A o B, es A o -A.
Entonces elegís. Y no importa lo que hayas elegido, la señal siempre quiso decir lo contrario.
Thursday, October 22, 2009
Ayer, que abrí ese flickr con mis fotos, estuve viéndolas una y otra vez. Las pasaba bien lento de adelante para atrás y de atrás para adelante. En esa repetición creo haber descubierto algo. Es más, entendí que algunas me reflejaban como soy y otras no, para nada. Me gusta ver mis fotos todas juntas, verlas muchas veces. Algo que no me pasa con lo que escribo. Nunca volví a leer Gaijin y sólo una vez volví a leer un cuento publicado. Supongo que es porque no quiero ver mi propia estafa, porque me daría vergüenza y tendría que estar mirando por sobre mi hombro por miedo a que alguien se esté dando cuenta de la farsa. Pero en realidad, tampoco suelo releer. Se supone que en las relecturas es donde uno realmente aprecia un libro. Y lo peor es que casi todos los libros que releí ni siquiera son los que más me gustaron. Creo que voy a imponerme una regla:
"Por cada diez libros que leas, tenés que releer uno."
No es mala. Para nada mala.
Tuesday, October 06, 2009
Hoy empecé a escribir un cuento (o algo más largo, veremos) acerca de mi experiencia en callcenters. Sí, señor, señora, durante varios años trabajé en tres callcenters distintos. Ese invento que impusieron las empresas para no hacerse cargo de nada. (Tal vez haya sido yo la persona que usted tanto puteó.) Es extraño que no lo haya hecho antes. Fueron años importantes de mi vida y aún así todavía no los puse en palabras. Por ahora me está saliendo en una prosa bastante yanqui. Espero que después de tener el primer borrador pueda encauzarla para una prosa más matosa.
Monday, September 21, 2009
Saturday, September 19, 2009
Acerca de la dialéctica femenina
(y de nuestro pobre entendimiento).
(y de nuestro pobre entendimiento).
Llegado un punto,
los hombres nos accidentamos
contra este dilema:
- Me gusta esa chica pero no sé si acercarme.
- Ella quiere que lo intentes.
- ¿Cómo sabés si no la conocés?
- Porque es mujer. Y las mujeres siempre quieren que lo intentes.
- ¿Y si no le gusto? ¿Para qué?
- No sé para qué. Pero ellas quieren que lo intentes, aún cuando en realidad no quieran, siempre esperan que lo intentes.
Monday, September 14, 2009
Continuación de la buhardilla:
Hacía rato que estaba sentado en el tejado; detrás de tanto edificio, la torre Eiffel, si no podés verla no estás en París. Sostenía una copa vacía pero en la botella ya no quedaba nada. El atardecer se perdía del otro lado; mejor no hacerle caso al día perdido. Santos me miraba y de vez en cuando trazaba una línea negra con su pincel. Hacía semanas que trabajaba en el mismo cuadro, capas de negro sobre capas de negro. No sé por qué me necesitaba en el tejado pero el vino que compraba era español y no pensaba perder semejante oportunidad. Además, la sensación de vértigo siempre me atrajo. Soñaba que un día iba a morir así, o de cualquier otra forma, y que iban a encontrar mi caja llena de poemas. Tanto arte perdido. Pero por suerte encontramos esta caja. Sí, por suerte el mundo va a poder vivir toda esta belleza. Nora iba a leer en un diario de Buenos Aires, acerca del poeta perdido dos veces: cuando Buenos Aires lo expulsó y cuando cayó de un tejado en pos de la pintura perfecta. Porque siempre fui generoso, Santos también iba a conocer la fama. Ya nadie le creía que la fama no le importara. Nora, pobre Nora. Toda esa culpa iba aplastarla. Tenía que escribir un poema para que supiera que la había perdonado hacía rato. Pero no dejarlo en la caja, guardarlo en algún bolsillo para que fuera descubierto más tarde. Che, dijo Santos, le encantaba decir “che”, son las siete.
Hacía rato que estaba sentado en el tejado; detrás de tanto edificio, la torre Eiffel, si no podés verla no estás en París. Sostenía una copa vacía pero en la botella ya no quedaba nada. El atardecer se perdía del otro lado; mejor no hacerle caso al día perdido. Santos me miraba y de vez en cuando trazaba una línea negra con su pincel. Hacía semanas que trabajaba en el mismo cuadro, capas de negro sobre capas de negro. No sé por qué me necesitaba en el tejado pero el vino que compraba era español y no pensaba perder semejante oportunidad. Además, la sensación de vértigo siempre me atrajo. Soñaba que un día iba a morir así, o de cualquier otra forma, y que iban a encontrar mi caja llena de poemas. Tanto arte perdido. Pero por suerte encontramos esta caja. Sí, por suerte el mundo va a poder vivir toda esta belleza. Nora iba a leer en un diario de Buenos Aires, acerca del poeta perdido dos veces: cuando Buenos Aires lo expulsó y cuando cayó de un tejado en pos de la pintura perfecta. Porque siempre fui generoso, Santos también iba a conocer la fama. Ya nadie le creía que la fama no le importara. Nora, pobre Nora. Toda esa culpa iba aplastarla. Tenía que escribir un poema para que supiera que la había perdonado hacía rato. Pero no dejarlo en la caja, guardarlo en algún bolsillo para que fuera descubierto más tarde. Che, dijo Santos, le encantaba decir “che”, son las siete.
Thursday, September 10, 2009
En nuestra buhardilla había doce cuartos, de los cuales tres eran habitables. Los otros nueve tenían los techos tan bajos y las vigas colocadas de forma tan inoportuna que sólo los sudamericanos podímaos vivir ahí. Y de vez en cuando algún chino. Para ser justos, tengo que decir que en todos los cuartos la luz era maravillosa, como seguramente debe serlo dentro de un horno con el fuego al máximo o en una heladera en la que el foquito no se apaga aunque cierres la puerta. En uno de esos tres cuartos vivía el francés, que no era francés ni nada pero sí el único que se le daba hablar con los parisinos. En el segundo no vivía nadie. Muchas veces habíamos querido forzar la puerta, hasta tratamos de quemarla, con la consecuente concurrencia de los bomberos. En el tercero, trabajaba Santos, pintor irreverente, perdón, cualquier otro adjetivo sería injusto, quien de vez en cuando, a cambio de dos botellas de vino, me dejaba dormir en su cama. Él no dormía, al menos no en la buhardilla. No sé por qué me tenía aprecio, nuestras conversaciones se limitaban a las que pueden tener los borrachos cuando no encuentran el sacacorchos. De los otros cuartos, sólo tres éramos habitantes permanentes. Franco, Juliana y yo. Nadie sabía qué hacía Franco, de dónde sacaba esos billetes que de tan nuevitos parecían falsos. Se la pasaba todo el día dando vueltas, sin ninguna actividad concreta más que caminar, subir y bajar escalones, comer y de vez en cuando cantar. Cantaba muy bien, a decir verdad. Juliana, la princesa del 36, como le decíamos, aseguraba tener hijo y marido en algún país. Siempre que alguno trataba de pasar a su cuarto nos empujaba con la misma frase: Salga usted de aquí, que soy casada y madre. Yo pasaba mis días refugiado del sol tratando de dormir y por las noches bajaba a cuidar la playa de estacionamiento. Me pagaban por mi soledad.
Tuesday, September 08, 2009
Se sentó en el segundo escalón, a centímetros de la playa. El viento tiró de su pelo pero ella no movió los brazos; cada mano sobre el hombro opuesto. La semana anterior el viento le había arrancado su chal preferido y hacía diez días, en un momento de distracción, el pañuelo que usaba para atarse el pelo había decidido perderse en el horizonte. Sobre la playa, la arena se arrastraba como un animal, como el fantasma de un animal condenado a la imposibilidad de tocar siquiera las olas. Abrió su diario, la única compañía que le quedaba. Las páginas aletearon pero todavía no era tiempo. Ella volvió cada día, con la esperanza de que el viento le enseñara a volar.
Thursday, August 27, 2009
Sin haberse dado cuenta de cuándo se afeitó, cuándo se había puesto esa corbata que odiaba y cuándo había agarrado dos monedas de cincuenta y una de veinticinco, Martín empezó a caminar. Eran los primeros días de septiembre pero ya hacía calor. El sol, que semanas atrás veía recién arriba del bondi, se filtraba por entre los árboles. Sentía la transpiración empujando por debajo de la piel, como si todo su cuerpo estuviera a punto de llorar. El semáforo lo dejó parado bajo el sol; miró la vereda de enfrente, todavía en sombras. Si cruzaba iba a tener que volver a cruzar, sólo faltaban cuatro cuadras y esos metros innecesarios significaban tal vez el diez por ciento del recorrido. Todavía faltaban cuatro cuadras. Miró el semáforo en rojo, miró el sol, los zapatos lustrosos y sintió cómo una gota bajaba por su espalda. Cruzó hacia la vereda en sombras. Oyó el bocinazo del colectivo, vio la mano del chofer, los dedos todos juntos hacia arriba con su movimiento de vaivén; pensó en levantar la mano en señal de disculpa pero siguió camino sin apurar el paso. Llegó al otro lado, a la sombra. Miró atrás y toda aquella luz ahora le quemaba los ojos. Cruzó la otra calle y caminó despacio. A las tres cuadras vio su colectivo pasar de largo. Miró la vereda asqueada de sol y dejó caer al piso las monedas.
Sunday, August 23, 2009
Cosa extraña: siempre que leo algo parecido a algo que podría haber escrito yo, me hace sospechar. Sospecho que es facilista, que es un engaño. Claro, la conclusión primera es: sospecho que lo que escribo es facilista. Un engaño. Sí, suelo pensar eso de lo que escribo. Pero muy de vez en cuando me sale escribir bien. Tengo la esperanza de que esas pocas líneas justifiquen toda la otra mierda.
Tuesday, August 18, 2009
Estoy feliz. Encontré una novelita de Salinger que ni siquiera sabía que existía: Hapworth 16 - 1924. La publicaron a fines de los ´60 en un diario yanqui pero nunca vio la luz como libro. La tengo en español y la traducción no es del todo mala. Si alguien quere el archivo, me avisa. Yo vuelvo con Seymour Glass.
Monday, August 17, 2009
Veamos, vamos a resumir mi fin de semana:
- el viernes, en la despedida de solteros de sancho y vix me escabié hasta lograr el milagro de la amnesia, que me está salvando de recordar episodios poco gratos. Hasta ayer todos me preguntaban si estaba bien, si había sorevivido, si reccodaba algo.
- el sábado nunca terminé de salir de la borrachera y ya estaba otra vez en la pizzería, festejando el cumpleaños de mi querido Leo.
- el domingo leí algo de Vila-Matas vi a del Potro perder contra Murray y a la noche fui al cumpleaños de mi querida Paula, en el bar de Carlitos. Bailoteamos mucho, bebí poco, sentí durante toda la noche una punzada en la nuca.
- hoy me desperté dispuesto a almorzar con J y P y merendar con Stn pero al mediodía el departamento de mi hermano, que estaba de viaje, se estaba incendiando. Sí, prendiendo fuego. Y descubrí que una casa incendiada no se ve negra; se pinta de blanco y negro, pasando por todos los grises. Todo queda doblado y líquido, pero suspendido como en una pintura de Dalí. Me dieron ganas de sacar fotos pero por suerte me contuve.
Así las cosas. Creo que me conviene irme a dormir temprano.
Thursday, August 13, 2009
Acabo de terminar Mujeres de Bukowski y no me parece un buen libro. Sí, está eso por debajo que está bien pero tal vez debería haber sido un cuento. Aunque me parece que en un cuento tampoco hubiese funcionado. Es que eso-que-no-sé-qué-es-pero-que-es-interesante está apoyado en la repetición, como en un mantra donde la oración en sí no tiene mucho sentido sino decirla infinidad de veces hasta que logra llevarte a alguna parte. De todas formas, el libro pierde mucho cuando el protagonista expresa su autocompación, antes de llamar a la mujer con la que termina quedándose pa pedirle consejo. Todos habíamos entendido ya, no hacía falta explicarlo, al menos no de esa manera. En fin. No creo que vaya a leer otro libro de Bukowski.
Nunca me gustó Bukowski pero el otro día decidí darle otra oportunidad. Tal vez porque lectores que respeto me dijeron que les gustaba o porque es uno de los pocos libros que saqué de las cajas o porque alguna vez leí que el ídolo de Bukowski era Fante. Y Fante es groso. Lo cierto es que estoy leyendo Mujeres y no me gusta. Es un embole, la verdad. Más o menos es esto: cojo, escabio, cojo, escabio, escabio, leo, cojo, escabio, escabio, escribo, cojo, escabio. Pero tengo que reconocerle que hay algo en esa caída desaforada. No sé bien qué es. Tal vez eso, la sensación de caída, de un alejamiento hacia abajo, lento y desaforado al mismo tiempo. Sigo leyendo porque quiero saber qué mierda es eso que estoy percibiendo, aunque hace cien páginas que ya sé de qué va cada capítulo porque son todos iguales. Lo que sí, ayer, cuando me aburrí por tercera vez, tuve que abrir una botella de vino.
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