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Wednesday, May 13, 2009

Qué extraño conocernos así, dijo y sonrió. Todo es cuestión de timing, dije. Ella me miró y su sonrisa se convirtió en sorpresa, casi asco. Vos estás mal, dijo. No sé qué habrá querido decir pero como era el primer desayuno que compartíamos decidí no hacer caso y servirme otra taza de café. No me estás escuchando, te digo que estás mal. Su insistencia empezaba a desagradarme. ¿Mal en qué sentido? Mal, no sé. Hay algo que está mal y no soy yo. Miró por la ventana, la luz llegaba blanca, como si de pronto el verano se hubiese convertido en otoño. Parece que va a hacer frío. ¿No tenés frío? Recién levantado de la cama, todavía estaba en cueros tratando de alejar el calor de mi cuerpo. No respondí, había algo en su tono de voz que no me gustaba. Me miró como si yo hubiese dicho algo, una mentira. ¿Por qué no tenés frío? Porque no, mujer, ¿qué te pasa? No estarás casado vos, ¿no? ¿Pero qué tiene que ver? Y, además, ya te dije que no, que acabo de terminar con mi novia. Mejor me voy, dije sin siquiera terminar de untar la tostada. No, no te vayas, perdoná, es que tengo esta sensación. Perdoná, no te jodo más, quedate, me gusta estar con vos. La verdad era que a mí también me gustaba, nos entendíamos como si nos conociéramos de siempre. Incluso esas conversaciones sin sentido me resultaban familiares. Miró otra vez por la ventana y movió la cabeza como si quisiera sacudirse algún pensamiento. Sonrió, sonrió para mí, se levantó de su silla y se sentó en mis piernas. Sus manos heladas recorrieron mi cuerpo. Tenés mala circulación, dije. ¿Cómo? Mi ex tenía las manos frías y decía que era por eso. Sí, tengo mala circulación, dijo y otra vez cambió su expresión. Ahora era pura tristeza. ¿Cuánto tiempo salieron con tu ex? Del otoño al verano, nueve meses. ¿Fuiste feliz con ella? No quise mentirle. Sí, fue la época más feliz de mi vida. ¿Por qué cortaron? Pensé en todos los desacuerdos, las discusiones, en la necesidad del otro y supe que todo había sido por falta de timing. No, mejor no me cuentes. Nunca me digas por qué cortaron. Prometeme que nunca me vas a contar. Asentí. Las lágrimas volvieron sus ojos transparentes; a través de ella vi la ventana, la calle, las personas abrigadas contra el frío del otoño y la certeza de que nos quedaban nueve meses de felicidad.

Thursday, May 07, 2009

Esa noche, no sé cómo, me fui del brasilero guiado de la mano por una chica. Por lo general salgo con el resto de los pibes a tomar la última cerveza en algún bar que todavía esté abierto. A veces, pocas, únicas, en realidad, mi borrachera logra apartarme y veo, desde lejos, cómo sin mis torpezas mi cuerpo se desempeña con relativo éxito. Decía, salimos del brasilero y empezamos a caminar. Vivo acá cerca, dijo y noté algo extraño en su acento, como el de un extranjero que hace tiempo vive en Buenos Aires o un porteño que vivió demasiado en otra parte. Llegamos a una esquina y se nos acercó un tipo para pedirnos unas monedas. Se notaba que hacía años vivía en la calle o tal vez toda su vida. Flaco, ¿no te sobra una moneda para que me compre algo de comer? Por lo general en estos casos nunca doy plata. Me digo que es porque mejor no darles, porque siempre hay alguien más que se aprovecha de esta pobre gente, porque seguro lo usan para sus drogas o alcohol o un vicio peor. Eso me digo. Pero frente a Francisca no podía quedar como un tacaño. Aunque para mí Francisca ya era una mentirosa. ¿Mirá si alguien se va a llamar Francisca? Así que le dejé dos pesos. Ella siguió como si nada, incluso tuve que apurar el paso para alcanzarla. Llegamos a una puerta, subimos unas escaleras hasta otra puerta y entramos. Una cocina integrada a un comedor, una mesa y dos sillas, y un cuarto con una cama grande y decorado con vestidos de colores. Tal vez no fuera la decoración sino que las paredes mismas eran su armario. Dijo muchas cosas aquella noche, supongo que la mayoría eran falsas, como su acento. Mencionó muchas veces su país, en mi país, pero por suerte la borrachera me borró sus palabras. Me levanté con un ruido de llaves y el mecanismo de la cerradura que se abría. Miré la puerta del cuarto entornada, la línea recta de luz interrumpida por la sombra de quien entraba a la casa. Busqué mi ropa, me vestí sin ponerme los calzones ni las medias que guardé en los bolsillos. Entró alguien, dije pero Francisca se negaba a despertarse. Che, hay alguien en la casa. No quise levantar la voz. Me puse las zapatillas y esperé entre sonidos de platos y vasos, la silla que se arrastraba, la pava que se apoyaba sobre la hornalla. Ahora estaba seguro, aquellos vestidos no eran decoración. Abrí un poco más la puerta y miré por la rendija. Un bulto gris estaba sentado en la silla, inclinado hacia la mesa. Abrí un poco más y los goznes se quejaron. El bulto se dio vuelta y me miró. Con una decisión que no sentía, salí al comedor. El tipo que me había pedido las monedas tomaba su desayuno. Sobre la mesa, ahora cubierta con un mantel, un plato con un sánguche, una taza de café con leche y un manojo de como veinte llaves. Buen día, dijo y cuando no respondí su saludo volvió a su sánguche. Abrí la puerta, bajé las escaleras y cuando quise abrir la otra puerta me di cuenta de que estaba cerrada con llave. Volví a subir. ¿Podrías abrirme? Sí, claro, ahí bajo con vos. Agarró el manojo de llaves, terminó el sánguche de un bocado, bebió de la taza y dejó plata sobre la mesa: montón de monedas y un billete de dos pesos.

Tuesday, April 28, 2009

El celular sonó cuando el mar ya lo había cubierto todo y la ciudad no era más que archipiélagos de islas cuadradas. Buen día, dijo M. La sonrisa de L dio el permiso y M la besó. La abrazó y trató de comer de aquel perfume, de guardar algo de ella. No, no te voy a dar mi teléfono, había repetido. Aquella noche dijo pocas cosas pero las repitió varias veces: me llamo L; por favor, no te enamores. Ella apretó el abrazo y lo apartó. ¿No podés quedarte a desayunar? No, tengo que irme, ya estoy tarde. Eran tan pocas las palabras que se habían cruzado que se vio obligado a creerle todo. ¿Cómo no creerle a un fantasma? Hacía pocas horas, M, casi sin poder sostener su borrachera, había seguido las indicaciones de un amigo y esquivado decenas de personas para llegar al baño del boliche. Llamó a la puerta, no escuchó nada, abrió y se encontró con una chica que terminaba de acomodarse la pollera. Disculpame. No, no te preocupes, ya terminé. M, inmóvil, había visto cómo aquellos ojos verdes se volvían cada vez más grandes hasta que se cerraron en un beso, que los dejó solos, en un boliche que se había vaciado. Después el taxi, el ascensor y la cama. L se puso de pie sobre el colchón, el pelo perfecto, como recién cepillado, y empezó a buscar su ropa. Se vistió: bombacha rayada a colores, pollera negra a lunares, corpiño y musculosa blanca. M también se visitó. No encontró una de las zapatillas, se puso ojotas. L tendió la mano y él no se la soltó ni para buscar las llaves en el bolsillo. Bajaron en el ascensor. Se besaron. Por suerte es el último piso, pensó M pero la planta baja golpeó como si lo despertara. Caminaron por el pasillo larguísimo salpicado de agua. M resbaló varias veces. Salieron en busca de un taxi. Buenos Aires llovía. Se quitó las ojotas y caminó descalzo, todavía de la mano de L. ¿Vas a dejar que sea la última vez nos veamos? Ella sonrió y cerró la puerta negra. M regresó a su casa preguntándose cuánto tardaría el cielo en ahogar la ciudad, cada punzada del azfalto repetida en gotas de lluvia.

Friday, April 03, 2009

No, ya te dije, no puedo amarte. Porque ya estoy enamorado de otra mujer. En serio, muy enamorado. De una chica. No sé cómo se llama. ¿Qué importa? Está bien, no me creas. ¿Para qué te voy a contar si no me creés? En el bondi, la veo todas las mañanas. Sube en San Martín, en el Mcdonalds. ¿Como voy a hablarle si no la conozco? ¿Estás loca? No sé, que es muy linda. Pero no es eso. Si, vos sos más linda, es verdad. Pero ya te dije que no es eso. Es morocha. Morocha y de pelo largo. No, más largo, hasta la cintura casi. No sé, ¿y qué le podría decir? Va a pensar que estoy loco y voy a tener que cambiar de bondi. No, así está bien, prefiero verla cada mañana.

¿Estás despierta? ¿Sabés qué? Ya sé qué es lo que me gusta de ella. Lleva el pelo atado pero siempre después de sentarse se lo desata y se lo va peinando. Así, con la mano.

Friday, March 27, 2009

Algo que encontré entre archivos viejos:

Antes de que Mariela me diera aquel beso había tenido que escuchar que yo no le gustaba, que nunca iba a gustarle, me había dicho que era patético, la había visto salir con otros tipos: más estúpidos y más feos, incluso algunos que eran una mierda de persona. Pero al fin, en aquella salida que mis compañeros de oficina organizaron en mi último día de trabajo, Mariela se acercó a mí. Aunque los dos sabíamos que era por lástima lo disfruté como si estuviera enamorada.
Al día siguiente me levanté de la cama cuando era otra vez de noche. Arrastré la resaca hasta el baño, me metí debajo de la ducha y abrí la llave de agua fría. Cuando salí me di cuenta de que todavía tenía puesto un pantalón empapado y de que no había ninguna toalla cerca. Me miré en el espejo mientras la ducha abierta hacía rebotar su murmullo contra los azulejos. Mejor callate, dije. Me lavé los dientes, vomité y volví a lavarlos. Sentí un corte la parte interior del labio. Aunque no me dolía, era profundo, como si faltara un pedazo de carne. En el espejo casi no se notaba, para verlo tenía que doblar el labio y tirar hacia abajo.
Ahora, cada vez que mi mujer me da un beso, su lengua se demora en aquella, su primera, cicatriz.

Monday, March 16, 2009

Escena de cuento:

Me gustaría acordarme de todo lo que me dijo esa noche. Recuerdo que le dije que yo no estaba enamorado. Es que me insistió. O tal vez no tanto, pero ya era imposible sostener su no mirada, su espalda entortugada debajo de la sábana, el pelo tan largo, tan lacio. Sos un tarado. Dijo tantas cosas. A manotazos desgarraba todas las envolturas. A tientas buscaba las palabras, se equivocaba, retrocedía y volvía a embestir. Habló de que hay un copado por barrio, de que ella era la copada del abasto y la campeona de Capital. Sos un tarado, eso lo dijo muchas veces. Necesito puchos. Bajamos, caminamos tres cuadras al único kiosco abierto a esa hora. Caminamos de la mano. Volvimos. No quiero subir, dijo. Bueno, tomemos un café. No quiero. Bueno, me tomo un café. Nos sentamos a una mesa en la calle. El café estaba delicioso. Dijo tantas cosas. La seducción es una mierda, hace que el amor sea pedorro. Y no quiero un amor pedorro, dijo. Pedorro era lo único que podía decirse. El tiempo y el espacio apretaban y ahí, debajo de la noche, sólo encastraba pedorro, con todos sus ángulos y aristas. Pedorro. Otro manotazo y esta vez era la última envoltura, detrás del mundo apareció un rayo de luz que me pegó de lleno. Me miró. Claro, ahora me querés. ¿Ves que sos un tarado?

Wednesday, January 14, 2009

Gracias a Vix, recuperé textos que creía perdidos. Son unos quince cuentos y algunas boludeces que escribí entre 1999 y 2002. Es decir, anteriores a Gaijin y toda la bola. Cuando ni se me cruzaba por la cabeza que alguna vez iba a poder publicar algo. Y hay cosas que están buenas. Acá les dejo una de las boludeces:

Linda escribe: letras redondas que nunca pisan los renglones salvo cuando deben hacerlo. Escribe con lentitud, la birome se hunde para crear un surco negro en la hoja de su diario íntimo, tapas rosadas y pequeño candado. Escribe que está enamorada de Martín, su hermano mayor, y que pronto Martín se enamorará de ella. Y al poner el punto al final de esta frase el papel cede ante la presión para crear un pequeño orificio en la hoja.
Linda baja cuando la llaman a comer, sólo tres platos sobre la mesa. ¿Y Martín?, pregunta. Su hermano cenará afuera. Ella dice que no tiene hambre, que debe estudiar para el examen del martes y sube a su habitación. Abre una de las puertas de su armario de madera pintada con calcomanías y posters de sus cantantes preferidos, quita dos cajas del segundo estante para buscar su diario. La llave que cuelga de su cuello abre el candado. Linda escribe: letras que se enroscan en los renglones. Escribe y la birome tacha y vuelve a escribir: Martín es un estúpido, lo odio; odio a Martín, que es un estúpido; Martín estúpido odio. Llena dos hojas con combinaciones de estas tres palabras hasta que su hermano detiene el auto en la puerta de la casa. Lo espera en el pasillo que da a su habitación. Martín pasa junto a ella, olor a cigarrillos, a alcohol y a perfume de mujer, y se encierra en su cuarto. Linda intenta abrir la puerta, empuja con fuerza pero a pesar de los golpes y gritos no logra que ni su hermano ni la puerta cedan. La hoja de su diario recibe líneas que se cruzan en ángulos cerrados, surcos negros que a veces rompen el papel y continúan en la hoja de abajo. Cuando la birome se rompe, Linda se calma. Arranca la primera hoja, la segunda y todas las demás hasta quedarse con una sola. Letras redondas que flotan sobre los renglones escriben con lentitud: Martín me quiso violar. El diario de tapas rosadas posa, sin candado, sobre el piso de madera del pasillo.

Monday, January 12, 2009

Era sábado a la tarde de una primavera que recién empezaba. Los árboles todavía estaban desnudos y aquel día hacía un frío de cagarse. Alo Matiz, ¿estás ocupado? Claro que no, para ella (vamos a llamarla Andrea aunque no sea la misma Andrea de siempre) nunca estaba ocupado. Nos encontramos cerca de su casa, en paternal. No había nadie en la calle, la ciudad parecía nuestra. Caminamos hacia Parque Chas, conversamos de a ratos, me gustaba compartir el silencio con ella. Anduvimos por una calle que nos devolvió a una esquina por la que ya habíamos pasado. Era una calle que se cruzaba con sí misma. No puede ser, es perfecta, dijo Andrea y se sentó en el cordón con una expresión de abatimiento, como si realmente lo considerara imposible o perfecto. Me senté junto a ella, el cordón estaba frío. No puede ser, Mata, no puede ser, me dijo y me miró con esos ojos pardos que daban ganas de llorar. Empezamos a caminar de vuelta. A la derecha, una puerta negra tenía una de sus hojas abiertas. El pasillo que mostraba era largo y oscuro pero al final podía distinguirse una escalera iluminada por el sol. Agarré la mano de Andrea y crucé la calle. Entramos por la puerta abierta y avanzamos por el pasillo. Una mujer con los pelos blancos despeinados nos miró pero no dijo nada. Llegamos a la escalera y subimos. Eran escalones altos que obligaban a un esfuerzo, a medida que ascendíamos el sol calentaba un poco. Al final había una puerta verde entreabierta. Empujamos y nos dio paso a la terraza. El piso plateado devolvía un reflejo insoportable. Nos asomamos a la baranda. La ciudad de siempre hacía una espiral, un remolino que nos había atrapado para dejarnos ahí. La expresión en la cara de Andrea cambió de a poco hasta llegar a una sonrisa. Gracias, Matiz.

Thursday, September 18, 2008

Hace unos días escribí acá la escena clave de una historia y me propuse escribir el cuento. Como soy culposo, para compensar al pobre blog, dejo el cuento entero que terminé hoy.




Giro la cabeza para que no me vea. No me hizo falta más que un segundo para reconocerla; a pesar de los años no cambió nada. Busco en el espejo, detrás de la barra, entre las botellas y la veo sentarse a una mesa cerca de la ventana: Andrea sigue siendo hermosa. Un tipo la acompaña, tal vez ese Eduardo que nombró en la nota de la revista. Buscando al mozo, ella pasa su mirada sobre mí pero no me reconoce. Yo sí cambié.

Nos conocimos hace diez años en una zapatería. Era su primer trabajo, ella quería ser escritora. A los pocos días, empezamos a salir y aquel verano nos fuimos juntos de vacaciones. La pasé a buscar después del trabajo, nos tomamos un taxi a Retiro, sacamos dos boletos a Mendoza y subimos al micro. Hicimos el amor dos veces en los asientos libres de atrás. Cuando llegamos recién amanecía. Desayunamos medialunas en el bar de la estación. ¿Por qué Mendoza?, pregunté. ¿Cómo? Que por qué elegiste Mendoza. ¿Yo elegí? Creo que sí. Ah, no sabía. Igual, dijo, es un buen lugar como cualquier otro. Terminamos de desayunar, agarramos las mochilas y salimos a buscar donde quedarnos.

Pido un whisky sin hielo. Leí sus tres libros; el último, varias veces. Cuenta algunas cosas que vivimos juntos, aunque no me reconozco en el personaje. Más bien se parece a su viejo, o lo que cree que fue su viejo. Apenas lo conoció, él se fue cuando ella todavía era una nena. En la billetera siempre llevaba, seguro todavía la tiene, una de esas fotos de bordes redondeados y colores diluidos. No, no odio a mi viejo, sólo espero que sea feliz. Andrea se ríe, habla y gesticula. Al parecer no perdió la costumbre, cada vez que contaba algo, representaba la forma de los objetos como si los tuviera entre las manos. El mozo trae el whisky, tiene dos cubitos. Lo cagaría a trompadas pero no quiero llamar la atención.

Después de buscar toda la mañana, el almacenero que nos vendió los sánguches de jamón y queso dijo que él tenía un departamento para alquilar. Vayan a verlo si quieren. Era en una esquina de la misma manzana, primer piso por escalera, un solo ambiente, cocina y baño. Bajamos al almacén, pagamos por adelantado y volvimos al departamento. Aquella cuadra y media era casi lo único que íbamos a conocer de la ciudad. Pasamos los sietes días haciendo el amor, bañándonos juntos, comiendo en el piso. Hubo largos momentos de silencio que dedicábamos a mirar el palo borracho que ganaba nuestra ventana. A veces podíamos oír el agua que pasaba por la acequia. Hoy salgamos. No sé por qué dije eso. Era nuestra última noche en Mendoza pero Mendoza era para nosotros aquel departamento. Por desgracia, Andrea estuvo de acuerdo.

Termino el whisky y pido otro. Esta vez sin hielo. El mozo mira mi mano que se cierra con fuerza sobre su muñeca y asiente. En todos sus libros, Andrea cuenta algo sobre nuestra relación. A veces me da bronca porque las cosas no pasaron así; otras veces, cuando me veo a punto de ser descubierto, da miedo. Pero por suerte ella nunca cuenta nada de Mendoza, de aquel departamento ni del sábado que decidimos salir. Me gustaría agradecerle. Andrea mira por la ventana, el sol le da en la cara y cierra los ojos.

Fuimos al centro de la ciudad, entramos a un restaurante y pedimos vino y pastas. Cuando salimos a recorrer las calles, la noche se había llenado de gente. Muchos, como nosotros, habían tomado. De alguna forma terminamos hablando con una chica y dos chicos. Nos decían que teníamos que visitar tal lugar o probar un vino que seguro en Buenos Aires no se conseguía. La chica y uno de los chicos fueron a conseguir algo de tomar. El que quedaba estaba completamente borracho y apenas se mantenía en pie. Tienen que visitar mi casa. Los invito a mi casa. No gracias estamos bien acá, dijo Andrea. El tipo le rodeó la cintura con su brazo. ¿Por qué no querés venir a mi casa?

Llega el whisky sin hielo; lo tomo de un trago. Eduardo se estira para darle un beso a Andrea. Llama al mozo y pide la cuenta. Aprieto con fuerza el vaso, tal vez se rompa. No pasa nada. Andrea y Eduardo pagan y salen del bar.

Bajamos del taxi y subimos al departamento. Me voy a acostar, dijo Andrea y comenzó a desvestirse. Fui al baño, cerré la puerta. Me miré en el espejo y golpeé la pared con el puño hasta que los azulejos comenzaron a mancharse de sangre. Hace cinco minutos no defendiste a tu novia y ahora le pegás a una pared. Matate. Ni siquiera te moviste. Fue ella la que paró el taxi. Acordate de eso. Me lavé la sangre y salí del baño. Andrea me esperaba sentada en la cama. Menos mal que no te peleaste, tenía miedo, ese tipo daba miedo. ¿Por qué no te cayás?, quise decirle. ¿Estás bien?, preguntó. No le contesté. Las palabras son tan miserables. Dormí, dijo y se metió debajo de las sábanas. Me acosté junto a ella pero ni siquiera podía mantener los ojos cerrados. El paso de los autos hacían surgir sombras que se encogían hasta desaparecer. Andrea era tan hermosa que parecía estar lejos. La besé, apenas un roce de los labios, y me apartó. Cuando estaba punto de regresar a mi lado de la cama, tiré de la sábana y traté de aferrarle las muñecas. No me importó que gritara, que me clavara las uñas en el brazo. Con las rodillas logré separarle las piernas mientras con la mano libre repasaba la cintura, la espalda, el cuerpo que aquella noche no había defendido. Cuando al fin dejó de resistirse, supe que tampoco iba a poder.

Pido la cuenta al mozo. Viajé solo a Buenos Aires, aquella misma noche, y desde entonces que no hablo con ella. Busco la billetera y elijo dos billetes. Alguien me abraza por la espalda. Basta, me dice Andrea. Perdonate.

Wednesday, September 03, 2008

Estaba claro: Laura le chupaba la sangre a Dami. Ella era hermosa pero lo que más llamaba la atención era la paz que transmitía. Tal vez por eso nuestras sospechas. Era una paz que ningún ser humano podía tener, ningún ser vivo. Todos nos conocíamos de la escuela, hacía quince años que nos reíamos de los mismos chistes y contábamos las mismas anécdotas, pero fue Juan, recién vuelto de Barcelona, quien primero dijo: “Che, Dami está hecho mierda.” Sí, los demás nos dábamos cuenta de las sombras debajo de los ojos, el paso cansado, la espalda que de a poco iba venciéndose pero día a día el cambio era tan imperceptible que a nadie se le habría ocurrido decir “está hecho mierda”. Yo, que lo conocía desde pibe, que tantos veranos había pasado con él y con Irma y Roberto, sus padres, no podía entender que de aquellas dos personas surgiera el Dami que veíamos en esos días. Padres e hijo hacía tiempo que estaban peleados, sólo se veían cuando no podían evitarlo. Es más, yo los veía más seguido que Dami y les contaba las últimas noticias. Parecían polos opuestos, como si a propósito la pareja, o tal vez su hijo, se esforzaran en diferenciarse del otro. Ellos caminaban erguidos, con los cuerpos formados por el ejercicio del tenis y el cuidado en la dieta, la cara luminosa que permite la vida holgada de dos psicólogos.

Mientras Laura seguía caminando por el mundo como si no necesitara tocarlo, Dami se encorvaba como si quisisera a comerse a sí mismo. En el bar donde nos juntábamos surgió nuestra teoría: ella era la mujer vampiro. Con las semanas de cervezas la teoría mejoró: la mujer mosquito. No sé quién fue el primero que comenzó a nombrarla simplemente “mosquito” y más tarde “bzzz bzzz”. Un día Dami me invitó a cenar a su casa. También irían Irma y Roberto. Me alegro de que se hayan reconciliado, dije. Yo también. Hablamos y ahora estamos mucho mejor con mis viejos, me explicó. Llegué cerca de las diez. Dami abrió la puerta. Me sorprendió con una sonrisa y unos ojos claros que me obligaban a mirar hacia arriba. Tanto tiempo de verlo encorvado me había hecho olvidar que en realidad era más alto que yo. Me guió hasta el comedor y noté en sus pasos la misma liviandad que marcaba, o borraba, los de Laura. Se libró de ella, pensé. Por fin se separó. Me alegré por mi amigo. La mesa estaba servida, en el centro una olla de bronce con una burbujeante fondue de queso. Te jugaste, dije. No conocía tus habilidades culinarias. No fui yo, lo preparó Laura. En ese momento su mujer entraba al comedor. Quise verla con la espalda vencida y los pasos dudosos pero ella estaba como siempre. Bzzz bzzz. ¿Cómo?, preguntó Dami. Qué estúpidos, me dije. Nada, que me encanta la fondue de queso. Los miré: eran hermosos. Miré los cuadros y las fotos que colgaban de las paredes y por un segundo me imaginé un cuarto oscuro con los retratos de ellos dos cubiertos por pesadas mantas violetas. Te ves bien, dije a mi amigo. Sí, me siento bien. En ese momento sonó el timbre. Laura fue a abrir la puerta. De cada brazo, como si los sostuviera, guiaba a Irma y a Roberto que caminaban encorvados.

Wednesday, August 20, 2008

Otro fragmento:

Demian y Andrea se separaron dos veces, como si rebotaran. Nunca discutieron, sólo se lastimaron con paciencia. Bastaba con que alguno opinara cualquier cosa acerca de un tema para que el otro opinara lo contrario. De a poco, los recuerdos que tenían en común se distorsionaron hasta volverse opuestos. El departamento era cada vez más chico, las lecturas silenciosas de Demian se prolongaban y las conversaciones se acortaban. Se rindieron como quien se duerme de cansancio: sin oponer resistencia, concientes de que habían perdido la batalla hacía tiempo, aunque aún ahora no saben cuándo. ¿Y? ¿Supiste algo de Raquel?, preguntó Andrea mientras cebaba otro mate. No, nada. A Demian todavía le incomodaban aquellas preguntas; él nunca quería saber nada de los tipos con los que ella salía. Dos formas de masoquismo. ¿Pero la llamaste? Demian buscó la cámara de fotos, se arrodilló, encuadró la ventana, la mesa, el sol que caía sobre el pelo de Andrea y le dibujaba media máscara de sombra, el ojo izquierdo brillaba como el ámbar. Ella lo miró con cansancio. No seas pesado, dijo. Él escondía cajas y bolsas repletas de fotos de Andrea. Muchas veces, cuando intentó extirparla, aunque sólo fuera de su mente, aunque sólo fuera de su casa, o cuando creía que la relación con alguna mujer podía prosperar, pensó en regalárselas, tirarlas a la basura o quemarlas pero siempre eran salvadas por la nostalgia o la justificación del arte. Dejó la cámara sobre la mesa y tomó el mate que le ofrecía Andrea. No, no la llamé.

Saturday, August 16, 2008

Otro párrafo del cuento:

Después de ver setenta y ocho departamentos, encontraron en el número setenta y nueve, dos ambientes, planta baja, a una cuadra de Plaza Cortázar, un lugar donde vivir juntos. Al principio comieron sobre una gran caja de cartón, orgullo de Demian, que soñaba con ser artista, siempre imaginado en buhardillas de París. Pero Andrea no tardó en desalojar la caja que ya había ganado varias manchas de comida y una pendiente hacia el centro. Los ecos del departamento fueron silenciándose con una mesa, sillas, la biblioteca, fotos tomadas por Demian, que comenzaba a ser un buen fotógrafo. De a poco aquel hogar se convertía en el refugio donde él descubrió cómo ser feliz y donde ella se permitió estar triste. Andrea, cada vez más sombría, el pelo cada vez más corto, lloraba por las noches tras sábanas y dientes apretados. Ahora, frente a su taza de café, Demian miraba a la gente cruzar Rivadavia mientras pensaba que en aquel tiempo no había sabido comprender que las personas no siempre están listas para ser felices. Sonó el timbre. Subo, dijo Andrea. Hacía tiempo que tenía llave de la puerta de calle. Le había quedado de una vez, años después de haberse separado, en que había tenido que mudarse de su departamento. Demian debió insistirle para que aceptara quedarse en su casa unas semanas. Hasta que encuentres algo. Durante aquellos días vivieron como si nunca hubiese habido un corte. Cocinaban, comían y a veces, aunque nunca volvieron a coger, dormían abrazados. Bailaban cada noche, recibieron varias quejas de la vecina de abajo. Andrea dejó de contestar los llamados de Diego y Demian, escudado por un helado de chocolate amargo y menta granizada, le dijo a Alejandra que era mejor que ya no lo intentaran. Andrea rescató dos plantas que agonizaban en un rincón oscuro y les hizo lugar en la biblioteca. De pronto, Demian nunca supo cómo ni cuando, había cinco plantas con macetas nuevas en la biblioteca de su sala y era como si siempre hubiesen estado ahí. O, más bien, esto pensaba mientras oía el ruido del ascensor que acercaba a Andrea, como si fuese una obviedad del destino.

Wednesday, August 13, 2008

Párrafo de un cuento:

Demian y Andrea se conocieron jóvenes, casi niños. Ella tenía dieciocho años y él veinte. Como todas las historias que se conjuran a esa edad, se convirtieron en la única representación del amor que conocerían. Todas las otras relaciones que iban a llegar, que llegaron, debían pasar por aquel agujero; sólo que en este caso el vacío tenía una forma determinada, como un juego de encastre, donde los ángulos hacían fracasar cualquier intento por no parecerse en nada a su Andrea, a su Demian, o por parecerse demasiado pero no serlo del todo. Antes de Demian, Andrea había dicho muchas veces "te amo". Antes de Andrea, Demian no creía que tal cosa existiera. Aún así, fue él quien a pocos meses de conocerla, después de salir apurados de una fiesta en busca de un lugar donde coger, dijo el primer "te amo". Te amo, dijo después de un beso que comenzaba a dejarlos sin aire. Creo que te amo, dijo Demian. Un año más tarde, la misma noche en que se mudaron juntos, Andrea utilizaría este recuerdo para argumentar su teoría de “valiente cobarde”. Según ella, Demian era capaz de actos de valor sorprendentes, tan increíbles que él mismo no podía reconocerse en ellos y se asustaba de no haber tenido miedo antes. Nos mudamos juntos, dijo él, acostado en la cama con el teléfono sobre el pecho y el tubo apoyado en su oreja. Demian estaba harto de que sus padres odiaran a Andrea y Andrea estaba harta de su padre, que en el fondo odiaba. ¿Estás seguro?, dijo ella mientras intentaba que la felicidad y el terror no se filtraran en su voz. Creo que sí, dijo él.

Monday, August 11, 2008

Aquella nohce, Juan lo recuerda cada noche, no supo ser hombre. Otro le había manoseado la mujer y él se hizo el borracho, el que no se daba cuenta de aquel brazo (a veces bestial) que dividía en dos el vestido rojo. Ella trató de refugiarse tomándolo de la mano pero a ninguno de los dos hombres parecía importarle aquel gesto. Al fin regresaron a casa. Menos mal que no te peleaste, tenía miedo, ese tipo daba miedo, le dijo su mujer sin darse cuenta de que era lo peor que le podían decir. Cualquier palabra, todas miserables, eran lo peor que podían decirle. Ella se acostó, Juan esperó un par de cigarrillos. El humo se mezclaba con la madrugada; aquel frío, la mejor excusa para el pozo en el que se había convertido su cuerpo. Como quien escapa de un castigo, Juan entró al cuarto conciente de que ella escuchaba sus pasos. Se acostó. Después de tratar de dormir, de mirarla dormir, se obligó a recordar peleas de su niñez, rencores de adolescencia, discusiones con jefes y compañeros. Era la primera vez que se reconocía cobarde. Quiso gritar, golpearse pero permaneció inmóvil, entre sombras que se empequeñecían con el paso de los autos. Volvió a mirarla, tan hermosa que parecía lejos de él. Comenzó a besarla como quien pide permiso. Ella lo apartó. Cuando estaba a punto de regresar a su lado de la cama, Juan quitó la sábana y le aferró las muñecas. No le importó que ella se negara, que tratara de alejarlo, que le clavara las uñas en el brazo. Con sus rodillas logró separarle las piernas, mientras su mano repasaba una y otra vez la espalda, la cintura, la cadera que aquella noche no había defendido. Cuando al fin ella dejó de resistirse, Juan supo que tampoco iba a poder cogerla.







PD: no me gusta la última oración pero todavía no encuentro una buena forma (que no sea mojigata) de decir que no se le para.

Thursday, July 24, 2008

Mientras caminaba por su barrio, Eduardo pensaba en qué iba a gastar las doce balas que cargaba la nueve milímetros que llevaba en el bolsillo. Había que ser cuidadoso porque no tenía forma de conseguir más municiones. Al principio claro que había anhelado llegar hasta los hijodeputas célebres pero aquella fantasía le duró hasta terminar el café con leche. Debía ponerse objetivos alcanzables. Más factible era tomarse un bondi hasta Puerto Madero y elegir entre la abundancia de garcas pero, debía reconocerlo, le daba tremenda fiaca tener que cruzar el microcentro. Se dijo que ya era la hora pico y que no valía la pena, que garcas había en todos lados. Para que la ansiedad no lo traicionara, entró a un bar. Pidió una gaseosa, un tostado y el diario. Estaba seguro de que leer las noticias le daría gran inspiración pero como siempre empezó por los chistes. De pronto, mientras terminaba el primer triángulo, se preguntó si este mundo de mierda merecía su generosidad; ¿por qué no podía gastar las balas que él había comprado en las personas que ahondaban su tristeza? Trató de espantar aquel pensamiento pero era tarde, el egoísmo ya se había instalado. Bueno, se dijo, cinco balas para mí y siete para la humanidad. Una resolución más que justa. Pensó primero en las cinco balas. No tardó en darse cuenta de que no eran suficientes, tan sólo en ese bar ya sobraban candidatos. Reconoció la pesadez en todo su cuerpo, el cansancio que le llegaba como primer síntoma de depresión. Debía hacer algo pronto. Levantó el brazo y apretó el gatillo. Una mujer toda pintada de rojo empezó a gritar mientras su amiga caía al piso. De pronto, Eduardo se sintió lleno de energía. Se puso de pie, dejó un billete de veinte y salió a la calle. Todavía dudaba de contar aquella bala como de la humanidad o propia. En un acto filantrópico, la contó como una de las suyas. Su propia generosidad lo hizo feliz. Miró el arma y a su alrededor. Paró un taxi. A Puerto Madero, dijo. En la radio sonaba Radio 10.

Tuesday, July 22, 2008

En Buenos Aires, la mayoría de las calles son paralelas y perpendiculares; las avenidas están separadas por cuatro o cinco cuadras; por lo general el sentido de circulación es único y está intercalado para que uno tenga la seguridad de que si no pudo doblar a la derecha en esta esquina lo podrá hacer en la siguiente. Pero hay puntos donde todo esto se pierde: Parque Chas, donde una calle puede cruzarse con sí misma; la diagonal que traza Estado Israel-Angel Gallardo-Gaona, la otra diagonal de Juan B Justo; las manzanas triangulares de Avenida San Martín o de Palermo Viejo; la curva imposible (casi recta) de San Pedrito-Nazca; las avenidas Garay o Chiclana que se diluyen a medida que se alejan de esa esquina, como si no supieran existir sin la otra.

Dicen que este desorden no siempre fue así pero que la ciudad, como todos nosotros, tiende al caos. Esos trazados que rompen el cuadriculado original son calles que surgieron solas, por voluntad de Buenos Aires. Cuando creemos que hay cada vez más gente y más autos, en realidad sucede que hay cada vez menos calles. Cuadras que desaparecen frente a nuestras narices sin que nos demos cuenta, personas que regresan de un día de trabajo pero que no reconocen la puerta de sus casas, el almacén de la vuelta que se convirtió en una inmobiliaria.

Una mañana que volvía de Palermo, después de esperarlo cuarenta minutos, me tomé el 160. Claro que me quedé dormido. Por suerte no tanto como para llegar a Claypole pero sí hasta Pompeya. Cuando bajé del colectivo me di cuenta de que todavía estaba borracho y de que ya no tenía plata así que empecé a caminar. Al ver que una calle se abría en diagonal como si trazara una línea recta hacia mi casa decidí seguir por ahí, hasta que se cortó en una plazoleta y tuve que doblar a la derecha. Doblé a la izquierda en la primera esquina y caminé despacio, todo mi esfuerzo concentrado en mantener un paso firme y los ojos abiertos. Llegué hasta una pared, como si hubiera alguna vía de tren que cruzara Pompeya. Di media vuelta para regresar a la esquina, pero ya no estaba la calle por la que había llegado; en su lugar, otra pared. Más allá había surgido un pasaje, tan angosto que todavía no llegaban los rayos de sol. Caminé por sus adoquines, las veredas eran apenas dos cordones elevados pegados a las casas. Pensé en la mujer que cada noche, para no esperar su llamado que nunca llegaba, me expulsaba de casa. Una sombra avanzaba junto con mis pasos. Me resultaba imposible no querer verla, mandarla a la mierda de una vez por todas. No quise mirar atrás pero sabía que la ciudad se cerraba a mi espalda. Alguna vez llamó para pedir perdón, perdón por sus desplantes. Ahora las paredes a mis lados comenzaban a arrimarse, ya ni siquiera permitían ese cordón flaco. ¿Quién quería sus disculpas? Sabía que ella no necesitaba mi perdón. Al frente, una avenida cargada de autos; la luz que llegaba adelgazaba a cada segundo. Quería verla, nada más. Pero ella no quería verme a mí. El hartazgo me durmió las piernas y por un segundo pensé en sentarme sobre aquellos adoquines hasta ver cómo la luz desaparecía del todo. Grité su nombre, grité como si lo vomitara, como si me despidiera, y corrí hacia la avenida. Las paredes cada vez más cerca me hacían correr de costado, los últimos pasos fueron apretados contra los ladrillos. Ya en la vereda de la avenida, miré atrás: una agencia de lotería había encerrado su nombre en aquel pasaje.

Monday, July 21, 2008

La primera vez que Buenos Aires se asomó al rincón que le tengo reservado fue en un paseo con mi viejo. Era 1984 o 1985 y manejaba un Falcon (sí, verde, se los juro). La puerta trasera de la derecha solía trabarse y cuando iba a dar la vuelta para entrar por el otro lado, mi viejo me dijo que subiera adelante. Para mí, hermano menor de cuatro, era un privilegio que casi nunca se me otorgaba, salvo cuando viajaba en la falda de mamá. Era tanta la felicidad que no me importó que el tapizado me quemara las piernas donde no me protegía el pantalón corto o que la manivela de la ventanilla se burlara de mis pobres esfuerzos. Después de andar por las calles vacías, supongo que era domingo, llegamos a una parte de la ciudad en la que nunca había estado. Estacionamos y bajamos en una plaza. Pero no era una plaza cualquiera aunque tuviera los mismos árboles y pastos secos. Aquel lugar caía en un abismo. Supongo que sería Barrancas de Belgrano, el parque Lezama o la plaza San Martín. Mi viejo me agarró de la mano y corrimos cuesta abajo. Yo, que sólo conocía la chatura del departamento en la calle Venezuela, sentía que había viajado a un país lejano para aprender a volar. Subimos y bajamos varias veces más, hasta que mi viejo se cansó y se sentó en un banco para verme correr solo. Cuesta abajo, los pasos los daba saltando y cuesta arriba debía esforzarme con piernas y brazos. Al final del día, mi viejo me invitó un helado de palito. Pero no le cuentes a tus hermanos, dijo.

Después de unos años, mi viejo me pidió que lo acompañara a hacer unas compras. Pasamos por Barrancas de Belgrano y sentí un atisbo de la felicidad de aquella tarde. Le conté todo lo que recordaba pero mi viejo ni siquiera me prestaba atención. Paró el auto, ahora era un renault 12 bordó, y bajamos. Compramos helados de palito y nos sentamos en un banco, frente a la barranca. Le pedí que sostuviera el mío y corrí cuesta abajo. A pocos metros del final, había tomado tanta velocidad que no pude mantener el equilibrio y caí rodando sobre el pasto. El dolor en la pierna no tenía nada que ver con lo que había sentido aquella tarde. Volví a subir y mi viejo se reía mordiéndose el labio de abajo. Ya estás grande para esas boludeces, dijo y me devolvió el helado que había sufrido un mordisco. Estuvimos en silencio hasta chupar el palito de madera. ¿Te conté la historia de esa calle en Naha? Antes de la guerra, había una calle que bajaba en curvas de un cerro. Era tan empinada, que la mayoría de la gente prefería hacer un rodeo de medio kilómetro antes de subir aquellos cien metros. Se decía que en aquella cuadra había una sola casa, antigua, de una familia más antigua aún, con la joven más hermosa de todo Japón. Chitose (milenaria), se llamaba. Chitose sólo salía de la casa unos minutos, una vez por semana, para leer a la sombra de los árboles del jardín. Los jóvenes, muchos del barrio pero algunos de los pueblos más lejanos de la isla, se reunían al pie y en la cima del pequeño cerro. El trayecto era tan peligroso que sólo pasaban de a uno. Se turnaban para admirar, aunque sea por unos pocos segundos, aquella hermosura legendaria. Decían que la calle estaba embrujada, que algún mago miembro de esta familia ancestral, había encerrado el espíritu de un dragón en el cerro, que aquellos adoquines eran escamas petrificadas. Cuando los jóvenes estaban por pasar frente al jardín, la pendiente cambiaba y hacía imposible permanecer en aquel lugar. Algunos decían que desde abajo, aunque el esfuerzo fuera mayor, también era mayor el tiempo que uno podía apreciar aquella piel blanquísima, los labios rojos y sus manos delicadas. Los que empezaban arriba, admitían que era más peligroso pero que al menos podían ver la totalidad de aquel cuerpo, aunque sea por un instante. Pasaron los años y cayeron bombas sobre la ciudad de Naha pero ninguna en aquel barrio. Cuando los habitantes volvieron a los escombros, descubrieron que el cerro había desaparecido junto con los adoquines y aunque la calle y la casa del jardín seguían ahí, ya nadie vio a Chitose a la sombra de los árboles.

Antes de volver a subir al renault 12, corrí una vez más pendiente abajo, cada paso más largo que el anterior.

Wednesday, April 23, 2008

Al regresar a casa, después de cerrar la puerta de metal y dejar las llaves en la mesada entre la hornalla y los platos sucios, me quité las zapatillas y me acosté en la cama. Con los pies empujé la toalla y ropa arrugada hasta que logré estirarme. Busqué con la mano el paquete de galletitas. La primera estaba húmeda y la tiré por la ventana. Encendí el televisor. Las imágenes mudas iluminaron el cuarto que era toda mi casa. Me apoyé contra la pared, la pantalla fuera de mi vista. La ventana abierta a mi derecha dejaba entrar algo de viento y el sonido de ruedas sobre el asfalto. Era un día 23, así que me tocaba recordarla. Recordar cada detalle, cada matiz de luz y sombra. En los primeros años, todos los días entrenaba mi memoria por miedo a olvidar su sonrisa, su voz, la forma en que agarraba los cubiertos. Hasta que me descubrí engañándome. No, ella nunca había dicho eso, jamás tuvo un vestido así, aunque estaba a pocas cuadras nunca habíamos ido juntos a aquel restaurante. Sin quererlo, movía cosas de lugar, nos llevaba a esquinas equivocadas, inventaba sus palabras. Comprendí que cada vez que la recordaba lastimaba lo que en realidad habíamos vivido.
Tenía que racionar los recuerdos. Al principio me permitía una noche por semana revivir aquellos días en la playa. Después, cuando supe que así no duraría mucho, pasé a recordar viajes en autos y micros. Ahora, una vez por mes, volvía a formar el olor que regalaba a la casa después de bañarse o su mirada cuando rompió mi copa preferida.
La luz del televisor pintaba de colores pálidos la piel de mi brazo. De la ventana: pasos de mujer, un chasquido y el olor a cigarrillo recién encendido. Sonreí. Tal vez podía aprovechar también aquellas cosas. Con entusiasmo comencé a recordar el contorno difuso de su sombra, que escapaba por la puerta abierta del baño y pintaba los tablones del piso de madera. Seis tablones, en el tercero un nudo con forma de caracol.

Monday, April 14, 2008

Pablo salió a buscar a su gato, Chato, que tardaba más de lo acostumbrado. Cruzó la avenida para saber si estaba chismeando con su amigo Raúl, gato negro del vidriero que nunca fue vidriero, o si lo estaban malcriando en la panadería. Pero no, no lo habían visto desde la mañana. Pablo caminó por las veredas que aún retenían algo de sol, porque sabía que el chato nunca camina por la sombra. Al dar vuelta en una esquina y gritar su nombre, surgió de un rincón soleado, un rincón muy chatense, un Chato igual a su gato pero perro. El pelaje pardo casi pelirrojo, con las mismas rayas que parecían las que forman el viento en una pradera de película, las manchas blancas en tres de sus patas, la panza prominente y una cola tan larga como su cuerpo. Todo lo mismo. El Chato había elegido ser perro. Pablo se lo quedó mirando, en un intento de convencerse de que no, que ése no era su gato. Ni su perro. Pero el animal parecía conocerlo. Incluso se refregaba contra su pierna en un gesto poco canino. ¿Sos vos Chato? Aquellos ojos pardos, esperanzados, pedían que Pablo no lo rechazara por un simple detalle morfológico. Se querían, ¿qué importaba que ahora fuera un perro? Pablo estaba seguro de que si él decidiera ser mujer, el amor de Chato no se desgastaría ni un poco. Vamos, Chato, está bien si sos más feliz como Perro. Chato levantó sus orejas, una con la misma mancha negra de siempre, y salió corriendo hacia una mujer. A esa distancia y con el sol en contra era imposible de saber, pero Pablo si la imaginó igual a él. Tal vez sin barba. Al regresar a casa, un gato igual a Chato esperaba en la puerta para que lo dejaran pasar.

Thursday, October 25, 2007

En Palermo Cheto hay un bar que en el fondo tiene un pasillo largo. El pasillo, también oscuro, lleva a un cuarto sin decoración, una mesa pequeña y dos sillas. Le dicen el Nada es gratis. Seguún está explicado en las reglas talladas en la mesa, todo lo que uno ordene será gratuito mientras los dos concurrentes acepten la publicación del informe. El informe no es otra cosa que una crónica de lo sucedido en el cuarto pero sin indicios ni metáforas. Un "¿Qué pedimos?" se ve expresado en su cruda realidad: "Por dios, quiero comerte esas tetas"; si alguien dice "¡Qué buen vino!" la computadora imprime: ¿Hasta cuando vas a dormir? y si alguien se excusa "Voy al baño" sale un desenmascarado: ¡Me abuuurrrrooooo! Pocas son las parejas que aceptan la publicación del informe que es proyectado en una pared del establecimiento. Pagan y se apresuran a salir del bar, evitando la mirada de Lara, mesera exclusiva del Nada es Gratis. Ella también es la única lectora de los informes, que imprime para guardarlos en una carpeta en su casa. Los lunes y martes, sus días francos, son dedicados a pasar a aquellas hojas, que después de risas, puteadas indignadas y alguna lágrima se convierten en estadística:

Nada es gratis (12 de marzo al 17 de marzo)

No me interesa/ me aburro: 5 veces
Uy, qué tarado: 8 veces
No quiero ser tu amigo/a: 8 veces
Quiero cogerte: 10 veces
¿Cuándo me vas a dar un beso?: 12 veces
Qué orto/qué tetas/qué lomo: 27 veces
Te quiero/te amo: 28 veces
No me lastimes, por favor: 62 veces