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Wednesday, March 19, 2008

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En japón, fui a una isla que se llama Ishigaki, que queda a pocos kilómetros de Taiwan y a miles de Tokyo. Es una isla onda Lost, paradisíaca, selvática, tropical pero con todas las comodidades que puede pretender un turista japonés. En fin, lo que quería contar es que tiene unas playas de arena tan fina y blanca que se tiene la sensación de caminar sobre harina. Caricias de la Tierra. Por suerte fui en invierno, que para nada es invierno, y no había nadie en el lugar. El agua tan transparente que a veces si no fuese por los pecesitos uno se olvidaría que está ahí. Y, claro, tenía que me meterme. Así que quedé en calzones y avancé sobre ese océano sin olas. Caminé tratando de no pisar a los bichos en su siesta, pero me alejaba de la playa sin que el agua casi tibia subiera más que hasta mi cintura. Chau, me dije y avancé más. El agua por fin me llegó al pecho y nadé un poco. Nadé hacia el océano abierto, me detuve. Todavía hacía pie. Miré hacia la playa vacía que estaba bastante lejos y me dio miedo. ¿Y si el agua me lleva? No hay nadie a quien pedir ayuda. Estaba en medio del mar más cristalino, compartiendo la felicidad con pecesitos que jugaban a las carreras entre mis piernas y bajo un sol maravilloso. Pero no podía avanzar más. El miedo es tan estúpido que dan ganas de cagarlo a trompadas. Una vez, en casa, mientras escuchaba música pude verme desde afuera, verme en tercera persona. Mi conciencia había pasado a esa mirada y sólo reconocía mi cuerpo en esa imagen. También se sentía maravilloso. Y también tuve que volver.

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Sunday, June 03, 2007

Sentado junto a una ventana, debajo de la escalera que llevaba a los baños, miré la última palabra escrita y cerré el cuaderno. El resto del bar se me presentaba en un pentagrama de escalones y un solo compás: personas que entraban, se encontraban, meseras que esquivaban algunos clientes en paricular, aquella mujer y su celular junto a otra taza vacía. Pedí otro café. Me había tomado horas escribir el listado de las cosas que me daban miedo. Mis psicólogos me habían asignado la misma tarea y eso era algo que no podía ignorar: rara vez coincidían. Cuando llegó el café con leche, abrí dos sobres de azúcar y revolví en sentido contrario a las agujas del reloj. Arranqué la última hoja del cuaderno prestando atención al sonido del papel que se rompía contra el anillado. Doblé la hoja en cuatro, la mojé en el café con leche y la mastiqué despacio.

Thursday, March 01, 2007


Qué triste
cuando uno se da cuenta de que
el mayor rector de nuestras acciones
es el miedo.