Tuesday, February 03, 2009

En el último año del uno a uno, viajé a Europa y pasé varias semanas en Dublín. Conocí mucha gente y me hice amigo (esas amistades cerillas) de una chica italiana. No me acuerdo su nombre pero es de esas personas que no necesitan nombre para ser recordadas. Pasamos todo el último día de mi viaje juntos, tomando café, comiendo, caminando, después más cerveza, más comida y más café. Cuando volvíamos en el bondi nos sentamos en el asiento de adelante del piso de arriba. El viaje era largo. Nuestra conversación, que ya llevaba varias horas en pie, también atravesaba silencios. Silencios plácidos como de planeador. Íbamos recostados, mirando el espejo curvo que nos devolvía nuestra imagen bajo filas de asientos vacíos. El bondi paró en un puente, o lo que en la ventana empañada parecía un puente. Ella se iba a bajar dos paradas antes que yo y no íbamos a vernos nunca más pero ninguno habló de esto. El bondi volvió a arrancar. Escuché pasos pero en el espejo no había nadie. Me incorporé y miré hacia atrás. Nadie. Volví a recostarme y en ese momento un perro enorme se acostó en el pasillo junto a nosotros. Tenía el pelo blanco húmedo y en algunas partes cubierto de escarcha. Una luna marrón cubría el ojo derecho y parte de la oreja. Ella me miró pero no dijo nada. Yo también sentía que cualquier sonido que no fuera las ruedas sobre el asfalto mojado rompería aquel conjuro. Los últimos quince minutos que compartí con ella fueron del más puro silencio. Cuando llegábamos a su parada, nos abrazamos sin palabras. Ella esquivó al perro y se bajó del bondi.

2 comments:

Vivian said...

Me hizo acordar a antes del amanecer.

:)

Anonymous said...

pero él no se la volteó