Cuparo tiene razón, el Bolero de Ravel son 15 minutos de puro metal que pueden cambiarte todo un día.
Suban el volumen al mango y no hagan nada más.
Tuesday, May 19, 2009
Monday, May 18, 2009
Friday, May 15, 2009
Thursday, May 14, 2009
Wednesday, May 13, 2009
Qué extraño conocernos así, dijo y sonrió. Todo es cuestión de timing, dije. Ella me miró y su sonrisa se convirtió en sorpresa, casi asco. Vos estás mal, dijo. No sé qué habrá querido decir pero como era el primer desayuno que compartíamos decidí no hacer caso y servirme otra taza de café. No me estás escuchando, te digo que estás mal. Su insistencia empezaba a desagradarme. ¿Mal en qué sentido? Mal, no sé. Hay algo que está mal y no soy yo. Miró por la ventana, la luz llegaba blanca, como si de pronto el verano se hubiese convertido en otoño. Parece que va a hacer frío. ¿No tenés frío? Recién levantado de la cama, todavía estaba en cueros tratando de alejar el calor de mi cuerpo. No respondí, había algo en su tono de voz que no me gustaba. Me miró como si yo hubiese dicho algo, una mentira. ¿Por qué no tenés frío? Porque no, mujer, ¿qué te pasa? No estarás casado vos, ¿no? ¿Pero qué tiene que ver? Y, además, ya te dije que no, que acabo de terminar con mi novia. Mejor me voy, dije sin siquiera terminar de untar la tostada. No, no te vayas, perdoná, es que tengo esta sensación. Perdoná, no te jodo más, quedate, me gusta estar con vos. La verdad era que a mí también me gustaba, nos entendíamos como si nos conociéramos de siempre. Incluso esas conversaciones sin sentido me resultaban familiares. Miró otra vez por la ventana y movió la cabeza como si quisiera sacudirse algún pensamiento. Sonrió, sonrió para mí, se levantó de su silla y se sentó en mis piernas. Sus manos heladas recorrieron mi cuerpo. Tenés mala circulación, dije. ¿Cómo? Mi ex tenía las manos frías y decía que era por eso. Sí, tengo mala circulación, dijo y otra vez cambió su expresión. Ahora era pura tristeza. ¿Cuánto tiempo salieron con tu ex? Del otoño al verano, nueve meses. ¿Fuiste feliz con ella? No quise mentirle. Sí, fue la época más feliz de mi vida. ¿Por qué cortaron? Pensé en todos los desacuerdos, las discusiones, en la necesidad del otro y supe que todo había sido por falta de timing. No, mejor no me cuentes. Nunca me digas por qué cortaron. Prometeme que nunca me vas a contar. Asentí. Las lágrimas volvieron sus ojos transparentes; a través de ella vi la ventana, la calle, las personas abrigadas contra el frío del otoño y la certeza de que nos quedaban nueve meses de felicidad.
Tuesday, May 12, 2009
Monday, May 11, 2009
Fui varias veces a Tokio. Es fascinante, aunque nunca me gustó esa ciudad. La última vez, gracias a Chitose, pude disfrutarla un poco más pero, aún así, no la elegiría como mi lugar en el mundo. Es que uno ve en las películas ese perfil tan moderno, tan luminoso, tan limpio: y es así nomás. El problema es que cuando uno va por la calle, esa sensación como de publicidad, donde todo está donde debe estar, se mantiene. Y no tiene mucha onda. Es que no queda lugar para nada más. Está todo tan bien pensado y organizado que es difícil ver otro camino. Japón, sin un solo recurso natural, pasó de ser un país destruido por la guerra a posicionarse como la segunda potencia económica. Esto tiene sus consecuencias: Tokio es la ciudad más triste que haya visitado. Tantas personas de traje que caminan apuradas; tantas personas agotadas por el día de oficina que se quedan dormidas en el tren, las cabezas caídas hacia delante, como si rezaran, como si se lamentaran; hay tanto silencio de no gritar que la soledad te rompe los párpados.
Me gusta vivir en Buenos Aires.
Friday, May 08, 2009
De chico, cuando iba camino a la escuela, me gustaba pararme en mitad de la calle Campichuelo, una calle finita por donde pasan tres líneas de bondi. En un punto, hay un puente que cruza sobre las vías. Ahí me paraba yo. Al principio mi hermana se asustaba mucho, me gritaba y tironeaba del brazo, pero al final se fue acostumbrando hasta que un día me dejó ahí y siguió hacia la escuela. No es que yo fuera suicida, todo lo contrario, me creía bastante inmortal. Pero había algo que me gustaba. No sé bien qué. La sensación de vértigo, la certeza de que todo es ilusión o sólo el espectáculo de ver aquellas moles irrefrenables acercándose, haciéndose cada vez más grandes hasta que se veían obligados a esquivarme. Ahora que pienso, supongo que tenía que ver con el poder. Sentir el poder de hacer que aquel caudal de acero y máquina se abriera a mi paso. A lo moisés moderno. Sí, creo que era eso. A veces iba de un lado al otro de la calle para que los conductores no supieran qué hacer y recién me corría en el último segundo; hubo otras en las que me quedé paradito en medio de los dos carriles y sentí los autos pasar a mis lados. Una vez, hice eso mismo y fueron dos colectivos que pasaron al mismo tiempo. No sé si tienen ubicada la esquina que digo, pero apenas si entran dos colectivos. Habrá sido mi imaginación, pero sentí cómo el metal acariciaba mis hombros mientras trataba de ahuyentar los gritos y bocinazos. Tengo una relación cordial con la muerte, no llega a ser amigable pero sabemos entendernos. Como esos compañeros de clase con los que uno sabe que puede hablar aunque nunca entablaría una relación. Las veces que estuve a punto de morirme, no tuve miedo, no se amontonaron recuerdos, no pensé en nadie, no nada. Claro que no volví a hacer algo así, es que me da vergüenza que me anden tocando bocina o gritando. También porque, con los años, a uno lo convencen de que puede morirse y que morirse no tiene onda.
Thursday, May 07, 2009
Urgente
Acabo de enterarme de que van a vender el departamento que alquilo. Eso quiere decir que necesito juntar dinero en muy poco tiempo para poder mudarme. Lo que me lleva a buscar otro trabajo porque las clases y la escritura no me permiten ahorrar nada. Así que si saben de algo, cualquier cosa me refiero, me avisan, eh.
Esa noche, no sé cómo, me fui del brasilero guiado de la mano por una chica. Por lo general salgo con el resto de los pibes a tomar la última cerveza en algún bar que todavía esté abierto. A veces, pocas, únicas, en realidad, mi borrachera logra apartarme y veo, desde lejos, cómo sin mis torpezas mi cuerpo se desempeña con relativo éxito. Decía, salimos del brasilero y empezamos a caminar. Vivo acá cerca, dijo y noté algo extraño en su acento, como el de un extranjero que hace tiempo vive en Buenos Aires o un porteño que vivió demasiado en otra parte. Llegamos a una esquina y se nos acercó un tipo para pedirnos unas monedas. Se notaba que hacía años vivía en la calle o tal vez toda su vida. Flaco, ¿no te sobra una moneda para que me compre algo de comer? Por lo general en estos casos nunca doy plata. Me digo que es porque mejor no darles, porque siempre hay alguien más que se aprovecha de esta pobre gente, porque seguro lo usan para sus drogas o alcohol o un vicio peor. Eso me digo. Pero frente a Francisca no podía quedar como un tacaño. Aunque para mí Francisca ya era una mentirosa. ¿Mirá si alguien se va a llamar Francisca? Así que le dejé dos pesos. Ella siguió como si nada, incluso tuve que apurar el paso para alcanzarla. Llegamos a una puerta, subimos unas escaleras hasta otra puerta y entramos. Una cocina integrada a un comedor, una mesa y dos sillas, y un cuarto con una cama grande y decorado con vestidos de colores. Tal vez no fuera la decoración sino que las paredes mismas eran su armario. Dijo muchas cosas aquella noche, supongo que la mayoría eran falsas, como su acento. Mencionó muchas veces su país, en mi país, pero por suerte la borrachera me borró sus palabras. Me levanté con un ruido de llaves y el mecanismo de la cerradura que se abría. Miré la puerta del cuarto entornada, la línea recta de luz interrumpida por la sombra de quien entraba a la casa. Busqué mi ropa, me vestí sin ponerme los calzones ni las medias que guardé en los bolsillos. Entró alguien, dije pero Francisca se negaba a despertarse. Che, hay alguien en la casa. No quise levantar la voz. Me puse las zapatillas y esperé entre sonidos de platos y vasos, la silla que se arrastraba, la pava que se apoyaba sobre la hornalla. Ahora estaba seguro, aquellos vestidos no eran decoración. Abrí un poco más la puerta y miré por la rendija. Un bulto gris estaba sentado en la silla, inclinado hacia la mesa. Abrí un poco más y los goznes se quejaron. El bulto se dio vuelta y me miró. Con una decisión que no sentía, salí al comedor. El tipo que me había pedido las monedas tomaba su desayuno. Sobre la mesa, ahora cubierta con un mantel, un plato con un sánguche, una taza de café con leche y un manojo de como veinte llaves. Buen día, dijo y cuando no respondí su saludo volvió a su sánguche. Abrí la puerta, bajé las escaleras y cuando quise abrir la otra puerta me di cuenta de que estaba cerrada con llave. Volví a subir. ¿Podrías abrirme? Sí, claro, ahí bajo con vos. Agarró el manojo de llaves, terminó el sánguche de un bocado, bebió de la taza y dejó plata sobre la mesa: montón de monedas y un billete de dos pesos.
Wednesday, May 06, 2009
Una vez mi viejo me regaló una bolsa llena de los tubitos que se usaban para guardar rollos, cuando las cámaras todavía funcionaban a película. Había de plástico negro y blanco. Tomá, para que juegues, dijo. Yo ya estaba acostumbrado a las sobras. Soy el menor de cuatro hermanos y todas las cosas que tuve hasta los 13-14 años ya habían sido de mis hermanos mayores. He llegado a usar ropa de mujer por esta condición de zaguero. Pero mejor esto lo cuento en otro momento. Tenía mi bolsa llena de tubitos. Lo primero que se me ocurrió fue usarlas de blanco para el arma que hacía poco había armado con banditas elásticas y dos tubos de cartón de papel higénico. El primero lo había rescatado de la basura, el segundo lo produje después de desenrollar cincuenta metros de papel en una bolsa. El arma resultó ser no tan precisa: los tubos de plástico quedaban intactos, sin importar cuán juntos los pusiera o cuántos pisos lograba apilarlos. Después del enésimo intento bajé de un manotazo la pirámide que había armado. Mientras juntaba los tubitos pensaba en cuando me quedara solo en el mundo. (Es que debo confesar que, aunque acostumbrado, no es que me gustara ser el menor) Porque, ya lo sabía entonces, en algún momento comenzaría a llover y sólo habría unas pocas isalas habitables y yo sería uno de los pocos sobrevivientes. Claro que a esas edad ni siquiera intuía que esas islas serían más bien personas. Iba yo pensando en esto mientras juntaba de a uno los tubitos cuando me dije: - Qué bien, ya tengo mi arma para cazar. Y entonces supe por qué mi viejo me había dado aquella bolsa. En aquel tiempo pensaba que mi viejo y yo compartíamos un código que nadie más sabía. Nos mandábamos mensajes que jamás revelábamos a nadie, ni siquiera al otro para hacerle saber que lo había entendido. Y yo había entendido que mi viejo me había dado aquello para el futuro lleno de islas y agua. Así que en secreto convertí veinte de aquellos tubos en dos equipos de supervivencia, el negro para mi viejo y el blanco para mí. Había uno lleno de fósforos y con un pedacito de la parte negra de la caja, donde se raspan, pegado a la tapa; otro lleno de alcohol; otro con un piolín onda de pizzería; cinco llevaban agua; uno con tang de naranja y uno con clips sueltos. No sé, me encantaban los clips y pensaba que podían ser útiles. Dejé el equipo de mi viejo en su biblioteca, detrás de unos libros. Cada vez que él pasaba por ahí sentía aquel código que nos unía y el guiño casi imperceptible que me dedicaba. Con los años, mi viejo y yo fuimos alejándonos hasta no comprendernos para nada. Hace poco, durante mi visita semanal, le robé el último tubito que le quedaba de la era analógica; adentro sobrevivían los clips, sólo que ahora estaban convertidos en una cadena brillante.
Tuesday, May 05, 2009
Cuando era chico tenía un amigo de la escuela que se llamaba Leandro. Con Lea, así le decía, nos contábamos todo. Por lo general cosas que nunca habían sucedido. Lea vivía a la vuelta, en la misma manzana que mi abuela, y pasaba muchas tardes en su casa. A la mañana iba a buscarlo, le tocaba el timbre y caminábamos siete cuadras juntos hasta la escuela. Hablábamos de lo que habíamos hecho, que por lo general estaba mezclado con el sueño de la noche anterior, y satisfechos de haber sido escuchados, avanzábamos convencidos de nuestras hazañas. Como aquella vez en que yo había saltado desde la terraza de la tintorería o la vez que su mamá le había dejado manejar el auto y él hizo la willy. Aquel juego, en el que las aventuras de uno se confirmaban con las aventuras del otro, siempre algo más exageradas, duró hasta quinto grado. Algo sucedió en ese momento, alguna chica, tal vez, y a partir de entonces las fantasías fueron retrocediendo. Cada vez los saltos eran más cortos, las jugadas más verosímiles y las conversaciones menos sinceras.
Juan Domingo Perdón.
Sunday, May 03, 2009
Saturday, May 02, 2009
Levantarse a la mañana temprano un sábado provoca estas cosas: pensar boludeces. Levantarse provoca boludeces pero en fin. Estaba pensando en una biblioteca alrevés. O sea, un solo libro escrito por una cantidad indeterminada de personas pero para un solo lector. Mi delirio circuló por todas las ramificaciones hasta llegar a algo más práctico: crear una página abierta donde pueda escribir quien se le dé la gana pero con el único objetivo de crear un libro. Empezar con pocas pautas y muy simples y que los escritores después vayan creando ellos mismos el resto de las leyes que regirán ese universo. Estoy pensando que se necesita un núcleo de escritores comprometidos para que la cosa no quede colgada. En fin, estoy pensando muchas boludeces. Ya les contaré si la idea progresa.
Thursday, April 30, 2009
Ultimamente me cuesta ver esas películas que raspan mi sensibilidad burguesa. Películas tipo Irreversible, que todo el mundo me habla hace años y que la tengo bajada pero que nunca junto el coraje necesario. No sé, antes podía verlas y disfrutarlas. Podía ver varias en una sola semana. Me acuerdo que al principio, mi ex las veía conmigo aunque se cubría detrás de mi hombro en las escenas más fuertes. Después empezó a irse a mitad de película y al final ni siquiera me acompañaba. Incluso hablábamos de eso. Yo no podía entender, mentira, sí entendía, pero me molestaba que no quisiera ver esa parte de la humandiad. Y ahora no sé por qué, me pasa lo mismo.
Wednesday, April 29, 2009
Las palabras se me están vaciando, quedan secas y se caen con tanta facilidad. ¿Les pasó alguna vez? Pore ejemplo, veo el teclado y describo que es negro, tiene 92 teclas, refleja la luz amarilla de la lamparita; también podría contarles lo que se siente al presionar la T, la P, la J, con su puntito en relieve; hasta podría decir que me gusta rozarlo para que haga ese ruido a plástico, que es como el murmullo de un arroyo de piedras de plástico. Pero no alcanzaría, todo estaría sobrando, cada una de estas letras que rebotaron contra las yemas de mis dedos no estarían diciendo nada del teclado. Las palabras no tienen nada que ver con el teclado. Como si tratara de describir una comida sólo por sonidos, yo sé que tiene sabores, texturas, olores y colores pero sólo estoy pudiendo decir que la milanesa está en silencio.
Tuesday, April 28, 2009
El celular sonó cuando el mar ya lo había cubierto todo y la ciudad no era más que archipiélagos de islas cuadradas. Buen día, dijo M. La sonrisa de L dio el permiso y M la besó. La abrazó y trató de comer de aquel perfume, de guardar algo de ella. No, no te voy a dar mi teléfono, había repetido. Aquella noche dijo pocas cosas pero las repitió varias veces: me llamo L; por favor, no te enamores. Ella apretó el abrazo y lo apartó. ¿No podés quedarte a desayunar? No, tengo que irme, ya estoy tarde. Eran tan pocas las palabras que se habían cruzado que se vio obligado a creerle todo. ¿Cómo no creerle a un fantasma? Hacía pocas horas, M, casi sin poder sostener su borrachera, había seguido las indicaciones de un amigo y esquivado decenas de personas para llegar al baño del boliche. Llamó a la puerta, no escuchó nada, abrió y se encontró con una chica que terminaba de acomodarse la pollera. Disculpame. No, no te preocupes, ya terminé. M, inmóvil, había visto cómo aquellos ojos verdes se volvían cada vez más grandes hasta que se cerraron en un beso, que los dejó solos, en un boliche que se había vaciado. Después el taxi, el ascensor y la cama. L se puso de pie sobre el colchón, el pelo perfecto, como recién cepillado, y empezó a buscar su ropa. Se vistió: bombacha rayada a colores, pollera negra a lunares, corpiño y musculosa blanca. M también se visitó. No encontró una de las zapatillas, se puso ojotas. L tendió la mano y él no se la soltó ni para buscar las llaves en el bolsillo. Bajaron en el ascensor. Se besaron. Por suerte es el último piso, pensó M pero la planta baja golpeó como si lo despertara. Caminaron por el pasillo larguísimo salpicado de agua. M resbaló varias veces. Salieron en busca de un taxi. Buenos Aires llovía. Se quitó las ojotas y caminó descalzo, todavía de la mano de L. ¿Vas a dejar que sea la última vez nos veamos? Ella sonrió y cerró la puerta negra. M regresó a su casa preguntándose cuánto tardaría el cielo en ahogar la ciudad, cada punzada del azfalto repetida en gotas de lluvia.
Friday, April 24, 2009
Wednesday, April 22, 2009
Tuesday, April 21, 2009
Hace mucho que no veo a mi vecina que tiene una mancha de nacimiento. Creo que ya lo conté pero igual la describo: es rubia, con ojos celestes casi turquesas y una mancha rosada que le cubre la mitad de la cara. Tiene una expresión de haber sufrido, tal vez por la mirada de los otros, no sé. Siempre me intrigó mucho y me gustó algo. Hoy vi una cabellera rubia que entraba al edificio y pensé que era ella pero cuando se dio vuelta era una chica linda, nada más que linda. La verdad es que mi vecina es una mujer hermosa (y eso que no me gustan las rubias) pero no tanto por su aspecto exterior sino porque transmite algo. No sé bien qué es pero cuando te mira te sentís turista de su mundo.
Durante toda mi primaria y secundaria me vi obligado a levantarme a las 6:45 de la mañana. Y siempre, maldita sea, mis viejos tenían la radio encendida con el programa de Magdalena Tempranísimo y su musiquita tan característica. Odiaba esa musiquita, la voz de Magdalena y las canciones de María Helena Walsh (que me encantaban pero que odiaba). Mi cuerpo reaccionaba, como si lo tuviera tatuado en los huesos, con una sensación de impotencia, furia y tristeza, una sensación que es esas tres sensaciones, cuando escuchaba uno solo de esos acordes o la voz de esa hijaputa. Para mí era un momento de mierda de no querer levantarme ni a palos de la cama y de encima empezar a recordar el trabajo práctico que no había terminado, la tarea que no había hecho o el examen del que no sabía ni una coma. Y si llovía, peor. Tenía que salir de casa con frío, todavía de noche, para mojarme mientras ponían I´m singing in the rain. ¿Se dan cuenta de lo sádico que es eso? Es para cagarlos a trompadas. Y después caminar entre los porteros que a esa hora salen a baldear las veredas y los canillitas que terminan de acomodar lo diarios y la puta que los parió.
Años más tarde, trabajé en Multicanal de 0 a 6 de la mañana (ya contaré algo más de esa época) y los porteros y los canillitas eran el símbolo de que el día había terminado. A veces pasaba junto a una radio encendida, escuchaba la musiquita y volvía a tener esa sensación. Entonces caminaba más rápido tratando de sólo pensar en que ya iba a acostarme con mi mujer de aquel entonces y que seguro ella iba a querer poner sus pies fríos entre mis piernas y yo me iba a quejar sólo para seguir ese juego, porque en realidad me encantaba.
Ahora, hace años que no la escucho pero puedo imaginarme cómo sería: ¿se acuerdan cuando se levantaban a la misma hora de siempre pero sabiendo que ese día no tenían que ir al colegio? Una sensación de paz, de haberle robado, sin cartas, dos puntos al destino.
Años más tarde, trabajé en Multicanal de 0 a 6 de la mañana (ya contaré algo más de esa época) y los porteros y los canillitas eran el símbolo de que el día había terminado. A veces pasaba junto a una radio encendida, escuchaba la musiquita y volvía a tener esa sensación. Entonces caminaba más rápido tratando de sólo pensar en que ya iba a acostarme con mi mujer de aquel entonces y que seguro ella iba a querer poner sus pies fríos entre mis piernas y yo me iba a quejar sólo para seguir ese juego, porque en realidad me encantaba.
Ahora, hace años que no la escucho pero puedo imaginarme cómo sería: ¿se acuerdan cuando se levantaban a la misma hora de siempre pero sabiendo que ese día no tenían que ir al colegio? Una sensación de paz, de haberle robado, sin cartas, dos puntos al destino.
Monday, April 20, 2009
A mi amiga punky le gustan los covers. A mí también. Nunca aprecié la originalidad como un bien en sí mismo. Cuando la gente dice "es original" a mí no me dice nada. Como sabrán, me gustan los plagios, las copias, los clichés. Claro, hay que aportarle un algo, una mirada personal a la cuestión. Hay cosas que leí que me gustaría escribir, hacer mi versión. Debería haber un libro de covers de cuentos. No sé si hay.
Thursday, April 16, 2009
Wednesday, April 15, 2009
Una vez fui a un campamento del colegio, de esos que se hacían en invierno y uno iba más que nada para cagarse de frío, escabiarse y supongo que para fumar y coger para aquellos que ya fumaban y cogían. Como era de esperar, la primera noche tomé como un hijoputa y debo haberme mandado una serie de escenas impresentables que por suerte olvidé (como ya saben, tengo buen olvido). Lo que me acuerdo muy bien es que tarde en la noche me senté a las luces de una planta de jazmines. Claro que todo olía a jazmines, que se veían medio azules, que los pétalos eran como agua tibia pero lo que no encajaba en todo eso era la voracidad que sentí en ese momento. No tenía nada que ver con el hambre. Supongo que ustedes también la sintieron en alguna noche de alcohol. Así que no pude, más bien no quise, evitarlo y arranqué un jazmín. Me lo comí entero, como si fuera una frutilla. Creí reconocer cierto dulzor y probé otro. Y otro y otro hasta que el pobre arbusto se quedó sin sus flores. Al día siguiente me levanté cuando todos todavía dormían. Caminé entre restos de la noche y fui hasta el lago. Me senté en la orilla y supuse que los jazmines me habían salvado de la resaca. Mi imaginación se quedó ahí, en esa gratitud que sentía sin lograr darle otro significado.
Tuesday, April 14, 2009
Monday, April 13, 2009
Wednesday, April 08, 2009
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