Monday, June 29, 2009


La noche llegaba, entre nubes, a la última calle. La pintaba stencil de adoquines, cordones y ladridos. Las sombras y el hombre, solapas levantadas, manos en los bolsillos de la gabardina, avanzaban empujados por el viento. El hombre llegó a la esquina, el farol le iluminó la cara (hace tanto tiempo de un espejo) y él levantó las manos como si aquella bombilla fuera él único fuego en el resto de su vida. Miró hacia la otra calle, al umbral donde la luz se acobardaba, y encendió un cigarrillo. Esperó apoyado en el poste de hierro negro, la ceniza creciéndole hacia adentro, haciendo equilibrio antes de caer tan cerca. Volvió a mirar y una luz débil surgió de la puerta que se abría. Otro hombre salió, se puso el abrigo y caminó hacia la esquina. Los hombres se cruzaron, sus miradas se cruzaron, el perfume de la mujer permaneció en el aire como el tañido de una campana que responde. El hombre apagó la colilla contra el poste y avanzó hacia la puerta. Sacó el llavero del bolsillo pero no logró distinguir la llave de su casa. Llamó a la puerta. Su mujer abrió. ¿Otra vez perdiste la llave? Pasá que hace frío. Tomó las manos de su marido entre las suyas y él recordó que amar no era otra cosa que esa piel.


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