No se queden frente a la puta putadora. Salgan a este lunes precioso. Yo me voy.(dentro de un ratito porque tengo que escribir unas cosas)


















Antes de que Mariela me diera aquel beso había tenido que escuchar que yo no le gustaba, que nunca iba a gustarle, me había dicho que era patético, la había visto salir con otros tipos: más estúpidos y más feos, incluso algunos que eran una mierda de persona. Pero al fin, en aquella salida que mis compañeros de oficina organizaron en mi último día de trabajo, Mariela se acercó a mí. Aunque los dos sabíamos que era por lástima disfruté aquel beso como si en realidad le gustara.
Al día siguiente me levanté de la cama cuando era otra vez de noche. Arrastré la resaca hasta el baño, me metí debajo de la ducha y abrí la llave de agua fría. Cuando salí me di cuenta de que tenía puesto un pantalón empapado y de que no había ninguna toalla cerca. Me miré en el espejo mientras la ducha abierta hacía rebotar su murmullo contra los azulejos. Mejor callate, dije. Me lavé los dientes, vomité y volví a lavarlos. Mientras escupía el agua sentí un corte en la parte interior del labio. Aunque no me dolía, era profundo, como si faltara un pedazo de carne. En el espejo casi no se notaba, para verlo tenía que doblar el labio y tirar hacia abajo.
Ahora, cada vez que mi mujer me da un beso, su lengua se demora en aquella cicatriz.
Dejo para este cuento Bittersweet Symphony de The verve en versión en vivo para Live8 de Coldplay y Richard Ashcroft (cantante de The verve). Aunque llegó a hartarme creo que es un tema excelente.

Acostado y de pie.
Antes de acostarme, me aseguro de que el arma esté cargada y la dejo sobre la mesa de luz. Me cubro con la frazada y miro cómo las sombras que proyecta la luna llena rotan alrededor del cuarto. Para alejar recuerdos dolorosos, busco el sueño en las mujeres que conocí pero la certeza de que merezco la muerte mantiene mis ojos abiertos. Al fin, harto de aquel pozo que se formó en la noche, me levanto. Los pies descalzos se apoyan en las tablas de madera. Cuando tomo el arma, los dedos se acomodan a la perfección, como si me hubiese estado esperando todo este tiempo. Me pongo de pie y camino hasta el otro extremo del cuarto. Miro la cama, donde todavía duermo bajo la frazada. ¿Cómo me permito soñar?, me pregunto pero sólo responden mis pasos sobre las tablas de madera. Levanto el arma y apunto a la cabeza. Desde la cama, yo también tomo el arma de la mesa de luz y apunto al corazón. No sé cuánto tiempo permanecemos así, yo de pie, yo acostado. Tal vez son apenas segundos hasta que me sonrío seguro de no poder dispararme en el cabeza y tiro del gatillo. Pienso en una mujer, el cabello rojo bajaba por su espalda desnuda. Creo que la amaba.

Tu amor es mucho más profundo que eso.
Sofía no dejó de ser amiga de Belén. Todavía la llamaba por teléfono, tomaban mate en la terraza los jueves a la tarde, la pasaba a buscar todas las mañanas para ir al colegio. Claro que cuando la veía con Martín, hacía más de un año Sofía le había contado a Belén que se moría por Martín, debía hacer un esfuerzo para mantenerse tranquila. Después de dos meses de noviazgo, Martín y Belén hicieron una fiesta a la que fue todo el colegio. Sofía, ahora amiga de los dos, se había encargado de gran parte de los preparativos. En el mejor momento de la noche estaba planeado arrojar un balde de agua helada a cada uno de los novios. Ella misma pasó los baldes, bien diferenciados, a los chicos que se encargarían de la tarea. Martín y Belén fueron empapados al mismo tiempo y los dos gritaron con fuerza. Belén se quedó en silencio a los pocos segundos mientras miraba a Martín rugir por la agonía: su piel se quemaba, el rostro caía de a pedazos sobre el piso y los dedos se despegaban de la mano que trataba de apagar un fuego que no existía.
Semanas más tarde, en el pasillo del hospital, Belén le confesaba a Sofía que no quería estar con un monstruo. Pero tu amor es mucho más profundo que eso, dijo Sofía mientras abrazaba a su amiga que no dejaba de llorar.