Monday, February 13, 2006

¿cap15?

Laburo de Extra
Despierto al amanecer. Dormí doce horas seguidas y todavía tengo sueño. Cuando me levanto, el dolor en el brazo me despierta del todo. Camino al baño me desnudo; me meto debajo de la ducha y abro las dos llaves a la vez. Inclino hacia atrás la cabeza y hago buches con el agua que cae en gotas. Aunque meo sin usar las manos, trato de embocar en el desagûe. Puedo decir que tengo un éxito del ochenta por ciento. Sí, ochenta y cinco por ciento, me digo y recuerdo haber soñado algo parecido. Cuando era más chico soñaba todo el tiempo que me olvidaba de vestirme y salía desnudo a la calle. Siempre trataba de ocultarme y de cubrirme con las cosas que podía encontrar. De más grande soñaba que me olvidaba de vestirme pero no me importaba y andaba alegre por la calle con mi pene al aire. Anoche soñé algo nuevo: todo el mundo andaba desnudo. Como casi no puedo usar el brazo izquierdo, me baño despacio y con ciudado. Trato de hacer una represa con mis pies, para que la espuma no se pierda con todo el resto, pero es inútil. Cuando le toca a mi brazo derecho ser nañado, descubro que tengo una tarea imposible por delante. Con la mano sana hago espuma que levanto por sobre la cabeza para que algo de jabón caiga por el brazo. Repito la operación varias veces hasta que comprendo que es más el jabón que me cae en los ojos que el que baja por el brazo.
Termino de bañarme como puedo.

Decido que es más fácil ponerse una camisa que una remera. De todas formas me cuesta vestirme y me toma más tiempo de lo que pensaba. Cuando miro la hora me doy cuenta de que tengo que tomarme un taxi. No hay más calzones limpios y no tengo tiempo de revisar en las bolsas que dejé junto a la puerta. ¿Para qué sirve la ropa interior? Llamo a un radio taxi. Cuando me pongo un pantalón gris debo tener cuidado de no enganchar el cierre con nada que pueda causarme dolor. Ser más sabio implica que uno se sienta más estupido que hace un rato. Guardo algunas prendas de invierno en la mochila junto con dos libros y mi mp3. Suena el timbre. Busco dinero en Crimen y Castigo, guardo las llaves en la mochila y salgo de casa. En el ascensor trato de entender cómo es que siempre tengo que salir apurado, sin importar cuánto tiempo reserve para dejar todo listo. Llueve, al menos no va a hacer calor. Cuando el de seguridad destraba la puerta desde su escritorio, tiro con el brazo que no sostiene la mochila: una punzada de dolor me recorre desde el hombro hasta la mano. Pero de todas formas es menos intenso de lo que esperaba. Subo al taxi. Avanzamos primero por calles vacías salpicadas por una llovizna fina. Cuando llegamos a la avenida, los únicos que caminan a esa hora son adolescentes. El taxi se detiene en un semáforo en rojo. Cruzan dos pendejas, una se apoya en la otra para mantener el equilibrio. La que parece sobria lleva un vestido mojado que apenas la cubre, el pelo húmedo se le pega a la cara y sonríe de una forma maravillosa. Te mato, pendeja, dice el taxista mientras toca la bocina. Mira por el espejo y me guiña el ojo. Hermosa, ¿no?, dice. Ella es hermosa, vos un pelotudo, digo. El semáforo cambia a verde pero él todavía no avanza. Arrancá que si llego tarde te mato. Llegamos a Retiro en cinco minutos. (¿piensa en la contradicción?)

Al entrar por la puerta principal paso entre dos grúas: una lleva una cámara y la otra un juego de luces. Aunque son las seis treinta sólo llegaron dos extras más y la persona que nos coordina todavía no se presenta. Al fin, cuando ya somos ocho llega Martín que nos guía hasta el andén uno. En el camino vemos a los técnicos, con rollos de cintas adhesivas que cuelgan como pulseras de sus muñecas, y más cintas adhesivas, cables, pinzas y tijeras que cuelgan de un cable atado a la cintura. Quiero llevar una cinta adhesiva en la muñeca. En la cabecera del primer andén, dos mesas repletas de facturas, termos y recipientes. Sírvanse lo que quieran, ahora los llamamos, dice Martín. De pronto, ya somos más de veinte extras a unos metros de aquellas mesas. Cuando todos se mueven hacia adelante siento la necesidad de moverme con ellos para permanecer en el mismo lugar. Pero con algo de esfuerzo y ayuda de mis codos logro dar unos pasos hacia atrás y volver al punto donde quería estar. Me sirvo café en un vaso de plástico, sin leche ni azúcar. Una hora más tarde, a pesar de que aún hay bastante comida en la mesa, todos están dispersos e por el andén. Bajo el techo del hangar enorme, el sonido de las gotas de lluvia se multiplica hasta un murmullo constante. El agua que se filtra baja por los arcos de acero pintados de rojo y forma charcos a los pies de concreto. Algunas gotas caen con total libertad desde las alturas hasta el piso, pero son pocas. Desde el final del hangar, un semicírculo de luz gris ilumina todo. Las vías corren hacia ese sol inmóvil y gastado, como si uno pudiera tomarse el tren a un atardecer.Vos, vos y vos, a vestuario, dice Martín.

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